¿De qué sirve conocer la verdad si no la aplicamos? Marcus, un arquitecto brillante, destruyó el sueño de toda una congregación cuando priorizó su intuición sobre los principios fundamentales de construcción. Sus cimientos defectuosos hicieron que un santuario ideal fuese declarado no apto para su uso en solo seis meses. Entre las grietas de su fracaso, descubrió una lección devastadora: el conocimiento sin aplicación no vale nada.

Cuando leí esa historia, me hizo reflexionar profundamente sobre cómo esto puede sucedernos en el ámbito espiritual. Podemos conocer la teología, podemos saber cómo defender la fe, pero eso no significa que sepamos cómo aplicar bíblicamente lo que dice la Palabra de Dios a nuestras vidas. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cómo podemos aplicar estas verdades? Me gustaría ofrecer tres razones por las cuales debemos no solo conocer, sino también aplicar las verdades bíblicas a nuestras vidas.

  1. Nos impulsa a adorarle

No puedes adorar a alguien a quien no conoces o a quien conoces muy poco. Sería absurdo admirar a un pintor como Miguel Ángel sin haber contemplado el techo icónico de la Capilla Sixtina; sería una verdadera locura exaltar a Mozart sin haber escuchado su Sinfonía Número 40 en sol menor. ¿Por qué? Porque la apreciación y la admiración no son actos ciegos, sino respuestas fundamentadas en evidencias objetivas.

Cuando Jesús conversaba con la mujer samaritana le reveló una verdad fundamental sobre la adoración. En Juan 4:23-24 declaró: «Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.» En esencia, Jesús le enseña que la adoración verdadera requiere conocimiento de Dios. Podríamos decir que está fundamentada en el conocimiento genuino de quién es Él. Pero lo crucial es entender que este conocimiento no permanece estático, sino que inevitablemente fluye hacia una adoración auténtica.

Los Salmos son un ejemplo vívido de esta verdad. A menudo el salmista comienza con un problema o una queja profunda. En medio de su angustia, se aferra al carácter inmutable de Dios, y luego culmina el Salmo en adoración gozosa. El Salmo 13 ilustra perfectamente este movimiento:

Queja: «¿Hasta cuándo, oh SEÑOR? ¿Me olvidarás para siempre?» (13:1)

Reorientación: «Mas yo en tu misericordia he confiado» (13:5a)

Adoración: «Mi corazón se regocijará en tu salvación. Cantaré al SEÑOR, porque me ha colmado de bienes.» (13:5b-6)

El conocimiento del carácter fiel y misericordioso de Dios transforma la queja en confianza, y la confianza florece en adoración.

  1. Nos protege del error

La importancia de conocer las verdades bíblicas no es algo meramente académico, sino que nos protege del error espiritual y doctrinal. Pablo ciertamente tenía esto en mente cuando escribía a dos de sus discípulos más cercanos: Timoteo y Tito. Pablo comunica a su hijo en la fe, Timoteo, la importancia de aferrarse a la sana doctrina. En 1 Timoteo 4:16 le dice: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan.» Pablo no le presenta la perseverancia en la sana doctrina como una opción, sino como algo esencial para su protección espiritual y la de aquellos a quienes ministraba.

En su segunda epístola, Pablo reafirma esta verdad, pero esta vez en el contexto de los tiempos peligrosos por venir. En 2 Timoteo 4:3-4 advierte: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos.» Esencialmente, Pablo le está diciendo que la sana doctrina protege al creyente del engaño y las fábulas. En medio de tiempos difíciles de incertidumbre espiritual, Pablo anima a Timoteo a permanecer firmemente anclado a la verdad bíblica.

A su otro hijo espiritual, Tito, le instruye con igual claridad. En Tito 1:9 establece que un líder debe ser «retenedor de la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen.» Pablo le enseña que el conocimiento doctrinal capacita al creyente para refutar el error de aquellos que buscan menoscabar la verdad bíblica. Y como si esto fuera poco, añade en Tito 2:1 un mandamiento directo: «Pero tú, habla lo que es propio de la sana doctrina.» Enseñar la verdad teológica no es opcional—es un imperativo apostólico.

  1. Nos transforma a la imagen de Cristo

En su oración sacerdotal, horas antes de enfrentar la cruz, Jesús revela su mayor preocupación por sus seguidores. En Juan 17:17 ora: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad.» La petición central del Señor vincula directamente nuestra santificación con el conocimiento y la aplicación de la Palabra de Dios. La verdad bíblica no es un adorno opcional—es el instrumento divino de nuestra transformación.

Pablo refleja esta verdad en Romanos 12:2: «Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto.» El apóstol deja claro que la transformación genuina no es mero conductismo—no se trata simplemente de modificar comportamientos externos. La verdadera transformación comienza desde adentro, en la renovación de la mente. La verdad de Dios desplaza las mentiras del mundo que han moldeado nuestro pensamiento, y a medida que nuestra mente es saturada con la Escritura, nuestros valores, deseos y acciones son inevitablemente transformados.

El pasaje más emblemático sobre esta transformación progresiva se encuentra en 2 Corintios 3:18: «Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.» Este versículo revela un principio profundo: al contemplar a Cristo a través de la verdad revelada en las Escrituras, somos transformados gradualmente a su imagen—«de gloria en gloria.» Cuanto más conocemos a Jesús tal como es revelado en su Palabra, más nos parecemos a Él. El conocimiento teológico correcto no solo informa nuestra mente; transforma todo nuestro ser.

Conclusión

Como Marcus, el arquitecto, descubrió a través del dolor: los planos más perfectos son inútiles si nunca se levantan los muros adecuadamente. En la vida espiritual ocurre lo mismo. El conocimiento sin aplicación no es madurez, es mera acumulación. No basta con atesorar información teológica; debemos permitir que la verdad de Dios se convierta en el motor que nos impulse a adorarle, el escudo que nos proteja del error y el cincel que nos transforme, día tras día, a la imagen de Cristo.

La teología no es un ejercicio académico abstracto ni un trofeo intelectual; es teología para vivir. Solo cuando conocemos verdaderamente a Dios a través de Su Palabra y personificamos esa verdad en nuestra vida cotidiana, experimentamos la vida abundante que Cristo prometió: una vida marcada por la adoración auténtica, un discernimiento inquebrantable y una santidad que no deja de crecer.

 

Gustavo Pidal

Autor Gustavo Pidal

Fue decano de estudiantes del Seminario Berea durante más de una década. En la actualidad sirve como pastor en la Iglesia Faith Bible Church (California, Estados Unidos)

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