“La ignorancia es atrevida”. Todos conocemos o hemos citado este dicho alguna vez. Pero yo añadiría, “atrevida y peligrosa”. La siguiente historia ilustra lo que quiero decir: Había un encantador de serpientes, que tenía una mascota inusual. Se trataba de una pitón birmana de 3 metros de largo. Cada día la alimentaba, cuidaba, jugaba con ella e incluso dormía a su lado. Al poco tiempo, el encantador comenzó a notar algo extraño en su amada compañera. Dejó de comer repentinamente los roedores y aves habituales. A la vez por las noches, cuando él se acostaba en la cama, la pitón se estiraba al lado suyo. Ante este comportamiento inusual, el encantador decidió llevarla al veterinario. Tras contarle la situación, el veterinario no dudó y respondió sin vacilar: La serpiente no está enferma, sólo se está preparando para comerte.
El puritano inglés John Owen afirmó: “Mata el pecado, o el pecado te matará a ti.” Esta sencilla pero profunda frase define una verdad indudable: el pecado no es una simple debilidad interna, sino un terreno donde opera un enemigo real. No podemos ser tan necios y negarlo, ignorarlo, convivir con él o incluso amarlo, porque de hacerlo estamos en grave peligro de muerte. El apóstol Pablo escribió acerca de la batalla espiritual en Efesios 6:10-12: “Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” (Ef. 6:10-12)
En estos tres versículos, el apóstol no sólo nos habla de la realidad de la batalla espiritual, sino que nos da tres principios que nos preparan para enfrentarla:
1. El poder para la batalla (v. 10)
El apóstol Pablo es consciente de que pensar que podemos pelear esta batalla por nosotros mismos es igual de ridículo que creer que una sola hormiga puede con un ejército de osos hormigueros. Para una batalla tan dura y un enemigo tan fuerte, necesitamos un poder externo y superior que nos ayude. Por ello les dice: “Fortaleceos en el Señor y en el poder de Su fuerza”. El único que puede ayudarnos y darnos la victoria es el Dios Todopoderoso, el cual por Su Espíritu nos capacita para resistir y vencer cualquier ataque.
¿Por qué debemos fortalecernos en el poder del Señor? Básicamente porque Él es Dios. Su poder escapa de cualquier comprensión de la diminuta mente humana. El universo es una prueba de ello. Dios lo creó y sostiene con Su poder (Jer. 10:12; Heb. 1:3). Pero la resurrección de Cristo también. Fue el poder de Dios que levantó a Cristo de los muertos (Ef. 1:20). ¿No es increíble que este mismo poder también está disponible para nosotros hoy por gracia? (1:19). Sabiendo que separados de Él nada podemos hacer (Jn. 15:5), y que sólo por medio de Su poder podemos vencer, ¿Cómo vamos a enfrentar la batalla espiritual? El mayor peligro del creyente no es la debilidad, sino la autosuficiencia.
2. La armadura para la batalla (v. 11)
En segundo lugar, Dios también nos da los medios para permanecer firmes en la batalla. En este caso se nos llama a vestirnos de la armadura de Dios.
Sería necio ir a una batalla sin ningún tipo de preparación. Lo mismo sucede contra el pecado. Por ello Pablo usa aquí la imagen de un soldado romano que se prepara colocándose su armadura. Los versículos 14-17 nos describen los elementos que Dios ha provisto para la batalla: el cinturón de la verdad, la coraza de justicia, el calzado del evangelio, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada de la Palabra de Dios.
Pablo no nos da la armadura simplemente para que la conozcamos, sino para que nos vistamos de ella cada día. Sólo cuando conocemos la verdad, practicamos la justicia, vivimos el evangelio, perseveramos en fe, confiados en la salvación y arraigados en la Palabra es que estaremos preparados para matar el pecado.
3. El enemigo de la batalla (v. 12)
En tercer lugar, Pablo nos describe el enemigo al que nos enfrentamos. Una tarea esencial de todo ejército en las batallas es conocer bien al enemigo. Saber cómo actúa, cuáles son sus armas, estrategias y debilidades puede ser determinante en la batalla. Así, se nos da a conocer qué tipo de enemigo tenemos delante para saber cómo enfrentarnos a él.
Todas las descripciones que utiliza el apóstol en el versículo 12, principados, potestades, poderes de las tinieblas y huestes espirituales, describen diferentes niveles y rangos de demonios así como donde operan. El propósito de Pablo aquí no es dar detalles acerca de lo que es cada elemento sino darnos una idea de la sofisticación y poder del mundo espiritual para que seamos conscientes de la realidad que enfrentamos. En definitiva, esta batalla es contra el mismo Satanás, el líder de las tinieblas (v. 11). Él es descrito en la Escritura como el Padre de mentira (Jn. 8:44), que se disfraza de ángel de luz (2 Cor. 11:14), por lo que el engaño es su principal arma. Su labor es distorsionar la verdad y engañar no sólo al mundo sino también a los escogidos (Mt. 24:24). Repetirá la misma pregunta una y otra vez ¿conque Dios os ha dicho? (Gn. 3:1). Sólo cuando conocemos su estrategia, podemos afrontarla para que no nos suceda lo mismo que a nuestros predecesores.
La historia del encantador de serpientes no terminó en el veterinario. Al salir, decidió seguir viviendo con su querida mascota, pensando que jamás a su amada pitón se le ocurriría tal espantoso plan. El final ya es historia.
John Owen tenía razón: o matamos cada día el pecado en el poder y la armadura de Dios, o acabará con nosotros.
