La situación del mundo, en este último tiempo, ha estado marcada por algunos conflictos internacionales, amenazas comerciales, sanciones y tensiones entre potencias mundiales. Esto ha originado que muchos, busquen refugio para salvaguardar y proteger su dinero, siendo el oro demandado globalmente, llegando a estar en máximos históricos. Podríamos pensar que únicamente estas personas buscan seguridad para su dinero, pero lo cierto es que toda persona busca seguridad en cualquier ámbito de su vida. Y en medio de este mundo cambiante, muchos de nosotros podríamos preguntarnos: ¿Podemos confiar en el Señor? ¿Cómo esto me ayuda en mi día a día?
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Tenemos seguridad en la Palabra del Señor
Sabemos con absoluta certeza que la Biblia que sostenemos en nuestras manos es la Palabra de Dios, que viene de lo alto, que nos transmite su voluntad y que es absolutamente confiable (2ª Tim. 3:16, 1ª Ped. 1:19-21). Lo que deriva inevitablemente en que es totalmente cierta, perfecta y veraz en toda su plenitud. En un mundo relativista que rechaza lo absoluto, donde la verdad siempre se va a poner en tela de juicio, Dios ha elevado su Palabra al carácter supremo y declara que “los juicios del Señor son verdaderos” (Sal. 19:9b). Por esta razón creemos que la Palabra de nuestro Dios es tan cierta que nunca puede ser mentira.
Ahora bien, de la misma manera que tenemos seguridad en lo que el Señor nos ha revelado en Su Palabra, somos exhortados por medio de ella a no poner nuestra confianza en la sabiduría terrenal de otras personas (Sal. 118:8-9, Sal. 1:1-3) por muy buenas intenciones o estatus que puedan tener. Y aquí viene algo que nos va a confrontar: Incluso si esa sabiduría terrenal viene de nuestra parte, y nos lleva a poner matices añadiendo a lo que el Señor ha dicho (Prov. 3:5).
Si tu deseo es encontrar seguridad y confianza en la Palabra de Dios, tanto en tiempos buenos como en tiempos malos, debes de ceñirte a ella para obedecerla. Y, a la misma vez, puedes estar tranquilo, porque aquellos que han confiado en el Señor, jamás han sido ni serán avergonzados (Sal. 22:3-5).
2. Tenemos seguridad en el carácter del Señor
El carácter del Señor debe de proporcionarnos como creyentes, más seguridad a medida que le conocemos. Vemos en la Escritura como el profeta Jeremías, con lágrimas en los ojos cuando veía a su pueblo avanzar hacia el exilio en Babilonia, supo dirigir su mirada hacia el único consuelo y hacia la única esperanza a la que podía aferrarse. Al carácter del Señor diciendo: ¡Grande es tu fidelidad! (Lam. 3:22-25). Piensa que era una situación catastrófica, pero Jeremías añadió a lo anterior que: “Las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades” (Lam.3:22).
La fidelidad del Señor cumpliendo Sus promesas; la inmutabilidad de Dios sabiendo que Él no cambia ni para mejor ni para peor; la omnipotencia divina llevando a cabo sin dificultad lo que dice; Su providencia y Su soberanía orquestando cada paso del creyente para su bien, debería de ser una fuente de consuelo constante para nosotros, porque nos revela el carácter de nuestro Dios. Y sólo hemos mencionado algunos de sus atributos. Si lees tu Biblia encontrarás muchos más.
Recuerdo un día en la playa jugando junto a mi padre, cuando una ola grande vino y casi me ahoga. Mi padre me sacó y pensé que, con mi padre al lado, no me pasaría nunca nada, porque él cuida de mí. De la misma manera, Su carácter como nuestro Padre celestial le lleva a cuidarnos, a compadecerse y a proporcionarnos la seguridad que no tendríamos por nosotros mismos (1ª Ped. 5:7, Sal. 103:13)
3. Tenemos seguridad en la obra de salvación del Señor
Desde el principio, Dios diseñó un plan de redención para salvar al pecador de la condenación eterna. La obra que Cristo consumó en la cruz por nosotros pecadores nos salvó del infierno. Nos dio vida espiritual cuando estábamos muertos, y podemos tener la certeza que la condenación no será un hecho para nosotros (Rom. 8:1), ya que el pago fue satisfecho por medio de Él (1ª Juan 2:2).
No sólo nos salva, sino que en nuestro caminar como creyentes nos santifica (Fil. 2:12-13, 1ª Tes. 4:3), haciéndonos más parecidos a nuestro Maestro. Por esto, el creyente puede poner su confianza en Él, porque Él ha mandado Su propio Hijo para salvarte, porque te está conformando a su imagen, y porque la garantía es que, ninguno por los que Cristo murió, perderán su salvación por alguna obra que hayan hecho (Juan 10:27-28), sino que disfrutarán del reino celestial por toda la eternidad, estando junto a Su salvador, y la glorificación será una realidad absoluta en cada uno de los creyentes (Rom. 8:30), como dijo F.B. Meyer: “Estamos seguros de que la obra que en su gracia ha completado, el brazo de su fuerza la completará”. Esta obra de salvación nos hace mirar más allá de aquí y de ahora. Nos hace perder de vista las dificultades terrenales, redirigiendo nuestra mirada hacia lo eterno.
Al final de su vida, George Müller tuvo una entrevista, y el hombre que le entrevistaba le preguntó: “¿Siempre ha encontrado que el Señor haya sido fiel a sus promesas?” El hombre que durante décadas había sido provisto para sus orfanatos únicamente por medio de la oración y que comenzó la obra con el único fin de darle gloria al Señor, dijo: “Siempre. ¡Él nunca me ha fallado!” La seguridad en el Señor viene de conocerle y ver su obra en nosotros a través de Su palabra. Si dudamos de algo que Él nos reveló, aun siendo creyentes, significa que debemos pasar más tiempo conociéndole y aferrando nuestro corazón a Él.
Nada ni nadie puede separarnos de su amor (Rom. 8:38-39) y nada ni nadie nos pondrá en ninguna incertidumbre que Él no utilice para hacernos correr hacia su misericordia, obteniendo la protección, el amparo y el refugio prometidos.
