En la mayoría de los púlpitos evangélicos la exposición bíblica brilla por su ausencia. Otras cosas han tomado su lugar. La predicación en la iglesia se ha convertido en dar un mensaje que sea culturalmente aceptable y por sobre todo que haga sentir bien a la gente. Los predicadores de hoy se dedican a dar sermoncitos llenos de ilustraciones, comentarios humorísticos, narraciones, anécdotas, historias, salpicados con algunos versículos bíblicos aquí y allá, presentados con mucha efervescencia. Expresiones que buscan mover a los congregados emocionalmente, pero que no edifican al pueblo de Dios porque carecen de alimento sólido.

Si tú deseas ser un verdadero hombre de Dios, uno de esos llamado por Dios para cuidar el rebaño, por sobre todas las cosas tú has sido llamado a predicar la Palabra de Dios. Esta es tu prioridad número uno. Los requisitos bíblicos para ser pastor enfatizan esta prioridad donde la enseñanza de la Palabra es la única función subrayada por el apóstol Pablo en medio de una lista de virtudes morales. 1 Timoteo 3 dice:

 Palabra fiel es ésta: Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer.Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar,  no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso. Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad.

Como concluíamos en un artículo anterior, n hombre de Dios no es un hombre de negocios. No es el presidente de una empresa.  No es un anfitrión ni un entretenedor. Tampoco es un narrador de historietas y anécdotas ni un “showman”. Es, por encima de todo, un predicador y maestro de la Palabra. Un hombre llamado por Dios para ser su portavoz por medio de la exposición de Su Palabra. La Biblia nos enseña, y también la historia de la iglesia lo confirma, que los hombres que han tenido impacto espiritual han sido hombres de Dios comprometidos con la proclamación y la enseñanza de la Palabra de Dios. Si esto es cierto –y lo es– entonces hoy más que nunca necesitamos hombres de Dios que sean conscientes de su llamado pastoral y de la prioridad indispensable de ser expositores de la verdad de Dios revelada en Su Palabra.

Para esto fuimos llamados, y ese llamamiento no cambia, porque Dios no cambia de acuerdo a las épocas ni según las culturas humanas. Y el hombre tampoco cambia en sus necesidades espirituales, las cuales solo la Palabra de Dios puede llenar. Es la Palabra de Dios la que, como espada de dos filos, hace su obra transformadora en el alma humana. Como dice el Salmo 19:7: “La ley del Señor es perfecta, que convierte el alma”. En Isaías 55:10–11 se nos recuerda que, así como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sin haber regado la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será la Palabra que sale de la boca de Dios: no volverá a Él vacía sin haber realizado lo que Él desea, y haber logrado el propósito para el cual la envió. Por eso, lo que debemos hacer es predicar la Palabra con precisión, y esta llevará a cabo la obra de Dios en los corazones, mentes y almas de los hombres, trayéndolos a salvación (Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23) y, una vez salvos, santificándolos (Juan 17:17). El reconocido predicador Charles Spurgeon solía decir: “La Palabra de Dios es como un león enjaulado. Tú no tienes que defender a un león; simplemente abre la jaula y el león se encarga del resto”. Esto es lo que hacemos con la Palabra de Dios: la desatamos, la exponemos, la proclamamos, y ella lleva a cabo la obra para la cual Dios la envió.

1. La predicación del hombre de Dios

Eso significa, por un lado, que el hombre de Dios debe tener una perspectiva correcta de la predicación. La predicación verdadera debe tener impacto divino. La gente que escucha la proclamación de la Palabra de Dios debe notar que la palabra que están escuchando tiene autoridad divina. Si hay algo que caracteriza a mucha de la predicación moderna es precisamente la ausencia de ese impacto. Al observar lo que comúnmente se escucha en muchos púlpitos contemporáneos, vemos una predicación superficial, débil y, en muchos casos, sin contenido bíblico.

En general, existen dos tipos de predicación en las iglesias. Un tipo se caracteriza por mucha efervescencia y entusiasmo emocional, pero no puede ser clasificada como predicación bíblica porque carece de exégesis y explicación del texto. Son predicadores que gritan, se mueven, repiten frases con vigor, pero jamás predican a través de un pasaje de la Escritura. El otro tipo posee cierto orden o estructura, pero sus ideas no se desprenden del texto bíblico. Un ejemplo claro es cuando se toma un pasaje fuera de su contexto para sostener una idea. Se puede decir algo correcto en sí mismo, pero si el texto no enseña eso, entonces se está usando la Escritura de manera incorrecta. Este es el típico caso de un texto fuera de contexto para apoyar un pretexto.

Para que la predicación tenga impacto de Dios y edifique a los oyentes, debe contener dos elementos críticos: debe ser profunda y al mismo tiempo elevada. Como predicadores, debemos ser profundos en el conocimiento de la Palabra. Esto implica estudiar, meditar, orar y ser afectados personalmente por la verdad. Debemos entrar en lo profundo del texto bíblico y extraer de él sus verdades.

Luego, una vez que entendemos y hemos excavado en la verdad de Dios, estamos en condiciones de llevar a la congregación a las alturas, elevando sus mentes y espíritus para que puedan contemplar y adorar a Dios con base en la verdad que están aprendiendo. Si nuestra predicación no es profunda, tampoco puede ser elevada. Una predicación superficial no impacta a los oyentes ni les da un sentido de la persona y la presencia de Dios, y por tanto no los mueve a la adoración.

2. La Palabra para el hombre de Dios

Por otro lado, si vamos a entender la verdad de Dios y predicarla con impacto divino, solo tenemos un medio: la Escritura. No existe otro. No podemos usar ningún otro instrumento. Todo lo que podemos conocer de Dios, de Su persona, Su voluntad y Su plan, se encuentra en la Biblia. La intuición no sirve. Las visiones no son el medio. Los sentimientos no cuentan. Las ideas personales son inconsecuentes. Todo lo que necesitamos saber acerca de Dios se encuentra en Su revelación escrita, la cual es absolutamente suficiente.

Como hombre de Dios, todo lo que Dios quiere que conozcamos de Él está en Su Palabra inspirada. Todo lo que debemos predicar y enseñar también está en la Escritura. Dios ha revelado Su verdad y la ha preservado en un libro, la Biblia, del cual Él es el autor. Por tanto, estamos limitados a esta revelación escrita: nada más, ni nada menos. El Espíritu de Dios es el autor de la Escritura y siempre nos guía a través de ella, no fuera de ella. Nadie puede aprender nada de Dios fuera de la Escritura. Por eso, un predicador debe proclamar y exponer la Palabra.

Nosotros, como hombres de Dios, somos esencialmente canales de distribución de la Palabra. Somos lectores, estudiosos, maestros y predicadores del mensaje del Libro. Para esto fuimos llamados. Esto es lo que trae gloria a Dios y honra al Espíritu que inspiró la Palabra. Cuando el hombre de Dios proclama la Escritura, está siendo fiel a su llamado. Somos hombres del Libro, el cual enseñamos y trazamos con precisión. Llevamos a la congregación a las profundidades de la Palabra para que conozcan la presencia de Dios, y a las alturas para que puedan adorarlo.

3. La preparación del hombre de Dios

No solo debemos tener una perspectiva correcta, sino también dedicar el tiempo y la energía necesarios para cumplir esta tarea. La predicación bíblica demanda preparación rigurosa. En Hechos 6:4 vemos el énfasis claro: “Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra”. Esta es la prioridad del hombre de Dios. No es una tarea secundaria, sino central. Implica dedicación total. Pablo también enseña que el que predica debe trabajar hasta el punto de agotarse. Esta tarea demanda una preparación constante durante toda la vida. No es algo superficial. La Escritura es el terreno que cultivamos continuamente y la mina que excavamos para encontrar sus riquezas.

No se trata de venir al texto con ideas preconcebidas. Cada pasaje tiene un significado, y es responsabilidad del hombre de Dios discernirlo correctamente. Como dice Pablo, debemos “trazar con precisión la Palabra de verdad”. No puedes hacerle decir a la Escritura lo que quieres. Tu tarea es entender y entregar el mensaje de Dios. Recuerda: eres un portavoz de Dios. No es tu mensaje, no son tus ideas.

Esta es una responsabilidad seria, porque un día rendiremos cuentas a Dios por lo que hicimos con Su Palabra. El sermón de Dios es infinitamente más poderoso que el nuestro. Por eso debemos asegurarnos de que lo que predicamos sea verdaderamente Su mensaje. Esto demanda disciplina, estudio y entrega continua. No queremos enseñar algo que Dios no ha dicho ni guiar a otros a creer lo que Él no ha revelado. Debemos tener un cuidado santo en la predicación.

Este es el llamado del hombre de Dios: ser fiel a la Palabra, proclamarla con precisión, vivir en ella y entregarse completamente a esta tarea para la gloria de Dios.

 

Henry Tolopilo

Autor Henry Tolopilo

Henry Tolopilo desarrolla un amplio ministerio de predicación y enseñanza en EEUU e Iberoamérica y es profesor del Seminario Berea (León, España)

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