En los últimos tiempos han surgido planteamientos no ya desde filas romanistas, sino de entre los propios protestantes, minimizando la llamada doctrina de la justificación. Por ejemplo, al insistir en que Pablo no está hablando de una declaración penal, sino de algo meramente relacional; no de un veredicto definitivo, sino de una realidad condicional, pendiente siempre de la colaboración humana; no de una doctrina central, sino de una formulación secundaria, prescindible, casi decorativa. Quizás esta última sea la tendencia más sutil y, precisamente por eso, la más peligrosa: tratar la doctrina de la justificación como si fuera un fósil, una reliquia doctrinal, un dinosaurio desenterrado útil únicamente para especialistas, para ratones de biblioteca evangélicos, si es que todavía queda alguno… [1]
Pero cuando nos acercamos a la epístola a los Romanos descubrimos que el apóstol Pablo está dispuesto a llegar hasta lo último de la tierra –que en su pensamiento no está en otro lugar que en España– con tal de poder predicar esta verdad bíblica. Pablo concede un lugar privilegiado a la doctrina en general y a esta doctrina en particular. La coloca en el centro de su carta y en el centro de su ministerio. Y ahí ha de permanecer, si pretendemos progresar como individuos, pero también como iglesia, al afirmar la dignidad del Evangelio y proclamar la necesidad que todo hombre tiene de él.
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La aptitud del Evangelio
Dice Romanos 1:16: “Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para salvación de todo el que cree”. Este Evangelio es apto para salvar porque es poder de Dios. Y ese poder no es destructivo, sino productivo; No se trata de una energía ciega, sino del poder de Dios obrando de forma efectiva para llevar a cabo aquello que ningún hombre puede lograr por sí mismo. ¿Y qué produce ese poder? El texto lo dice con claridad: salvación. Salvación para todo el que cree. Si alguien cae bajo la categoría de creyente, ese ha de ser salvo por el poder de Dios. Y Pablo añade: “del judío primeramente y también del griego”. Y no hay una tercera categoría. O perteneces a una o perteneces a la otra. El punto es claro: este poder salva histórica y horizontalmente, a judíos y a gentiles; a todo aquel que cree.
Pero la pregunta inevitable es esta: ¿salvación de qué? Salvación del problema, del presidio y de la paga del pecado. Salvación de la culpa, de la condena y de la corrupción constante que el pecado produce. Porque esa es la condición natural del hombre. No importa su procedencia, su trasfondo moral, su educación o su religión. Todos nacen, crecen, viven y mueren bajo el poder del pecado, a menos que sean librados de él. A diferencia de los tribunales humanos, donde la línea entre culpables e inocentes suele estar delimitada, ante Dios todos estamos sentados en el banquillo de los acusados. Todos, por naturaleza y por elección personal, nos desviamos. No es que hagamos todo mal en cada momento, pero todo cuanto hacemos está afectado por el mal. No damos en el blanco; deshonramos a Dios; lo desafiamos; cuestionamos su autoridad; pretendemos ocupar su lugar. Y como resultado, morimos. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Y lo trágico es que no hay remedio humano para esta condición. No existe medicina capaz de revertirla. Hombre tras hombre, generación tras generación, todos comienzan y todos terminan igual. Ese es el verdadero ciclo de la vida del hombre caído: un ciclo de muerte.
Por eso la declaración de Pablo es tan gloriosa. El Evangelio es “poder de Dios para salvación”. La Escritura está llena de manifestaciones del poder divino. Vemos el poder de Dios en la creación; lo vemos en la liberación de Israel de Egipto; lo vemos en la conducción de su pueblo por el desierto; lo vemos en la conquista, en la preservación, en el retorno del exilio; lo vemos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento una y otra vez. Pero ninguna muestra del poder de Dios manifiesta tanto su grandeza como su poder para salvar al pecador. Esta es la obra más eminente, más exigente y excepcional que este mundo ha conocido. Porque alcanza lo que el hombre jamás podría alcanzar. Como dijo nuestro Señor: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:27).
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La actividad del Evangelio
¿Cuál es, exactamente, la actividad del Evangelio? Romanos 1:17 responde: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: mas el justo por la fe vivirá”.
Revelar la justicia de Dios y regalar la justicia de Dios… ¡Eso es lo que lleva a cabo el Evangelio! Y conviene notar que Pablo vincula esta revelación con la Palabra escrita. La justicia de Dios se revela, dice, y enseguida añade: “como está escrito”. Es por el oír la Palabra de Dios que el hombre llega al conocimiento salvador de Dios. Por eso la predicamos. Por eso la proclamamos. Pero aquí aparece un punto crítico. ¿Cómo puede ser buena noticia que se revele la justicia de Dios, si precisamente por causa de esa justicia estamos en problemas? ¿No es la justicia de Dios la que nos acusa? ¿No es su santidad la que expone nuestras vergüenzas? ¿Cómo puede ser que aquello mismo que me condena sea aquello por medio de lo cual yo venga a ser justificado?
Eso fue, precisamente, lo que atormentó a Lutero. Él contemplaba la justicia de Dios como el atributo por el cual Dios juzga al pecador. Y por eso se esforzaba, se castigaba, y se confesaba durante horas, buscando una paz que no encontraba. Llegó a decir: “Yo anhelaba grandemente comprender la epístola de Pablo a los Romanos, pero me lo impedía una expresión en particular: la justicia de Dios”.[2] Su experiencia reflejaba una verdad ineludible: las obras no justifican, las ofrendas no justifican, las instituciones no justifican. Nada producido por el hombre puede aplacar la justicia de Dios. Y, sin embargo, todos habrán de enfrentarse a ese juez santo. Como explicó Calvino, llegado ese momento no servirán de nada las discusiones universitarias ni los debates brillantes: “¿Cómo comparecerá el hombre delante de un juez tan resplandeciente que las estrellas se oscurecen ante él, tan poderoso que los montes se derriten, tan sabio que atrapa a los sabios en su propia astucia? ¿Quién se atreverá a comparecer sin temblar delante de su tribunal?”[3]
Nuestro texto responde: la buena noticia del Evangelio de Dios es que precisamente a través de la justicia de Dios alcanzamos salvación. No porque Dios haya rebajado sus estándares. No porque la ley haya sido suspendida. No porque el pecado haya sido minimizado. El Evangelio no devalúa la justicia divina; la satisface. No descuida las exigencias de la ley; las honra plenamente, pero eleva nuestra condición. Nos concede un estatus que ya no es el nuestro, sino el Suyo. Pablo la explica más adelante en Romanos: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18). La mayor transferencia de la historia no ha ocurrido en mercados financieros ni en operaciones empresariales. Ocurrió en la cruz del Calvario. Allí la justicia de Dios fue exhibida perfectamente en la obediencia de uno que guardó la ley de manera perfecta. Allí la preciosa sangre de Jesucristo fue derramada. Allí la gloriosa persona del Hijo fue ofrecida como sacrificio sustitutivo. Allí fueron satisfechas plenamente las demandas del juez santo y recto. El Padre, que conoce al Hijo desde toda la eternidad, abrió los cielos para declarar: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Y como resultado de esa vida y de esa muerte, somos absueltos, aprobados, y aceptados por Dios. Nuestra cuenta no queda simplemente en cero; el saldo de Cristo pasa a ser nuestro saldo.
Ese es el único camino. Solamente Cristo. De otro modo, sería imposible que un Dios tres veces santo recibiera a pecadores como nosotros. Pero cuando somos revestidos por la justicia de Cristo, Dios ya no nos contempla como lo que fuimos, sino como lo que somos en su Hijo. Esa es la gloria de la justificación. Richard Sibbes lo expresó con precisión: “Su justicia es mía”. Y añadió que, aun experimentando diariamente sus pecados, hallaba esta paz: “Hay más justicia en Cristo, que me pertenece, que pecado en mí”.[4] Cuando el poder de Dios y la justicia de Dios intervienen, no queda nada que añadir. No hay acusación definitiva posible. No hay argumento concluyente contra el justificado. Porque es Dios quien justifica. Por eso canta con verdad el viejo himno: “No necesito obra hacer, ni rito observar; me basta que Jesús murió, murió en mi lugar”. Esa es la paz del creyente. Esa es la base de su descanso.
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La afirmación del Evangelio
Pero todavía queda un elemento esencial. En estos dos versículos aparece repetidamente la referencia a la fe: “El evangelio es poder de Dios para salvación de todo el que cree, primera referencia. “La justicia de Dios se revela por fe y para fe” segunda referencia, y “Mas el justo por la fe vivirá”, tercera referencia. Luego, la fe ocupa un lugar crucial, pero debe entenderse correctamente.
Esta fe no es un salto al vacío ni una apuesta irracional. Tampoco es un recurso natural del hombre caído. La Escritura dice que no todos tienen fe. Y Efesios 2 declara: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). La misma fe con la que recibimos a Cristo es regalo divino. La justicia es revelada y regalada; y el medio por el cual se nos comunica también procede de la gracia.
Por eso Pablo cita a Habacuc: “Mas el justo por la fe vivirá” (Habacuc 2:4). Y el contexto añade: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece”. El contraste es entre el orgulloso y el justo que vive por la fe. La fe excluye el orgullo porque saca al hombre del centro y coloca a Cristo en él. No mira a la propia capacidad, sino a la suficiencia del Salvador. La fe no es la causa meritoria de la justificación. No es la fe la que justifica en sí misma; es la justicia de Dios en Cristo la que justifica. No es nuestra fe lo que salva; es la obra de Cristo. La fe es el medio por el cual esa justicia nos es aplicada. Es la mano que recibe. Es el instrumento, no el fundamento. Por eso no hay lugar para el orgullo ni para la jactancia. Podríamos decir que la fe es la acreditación del creyente: no la razón por la que entra, sino el medio por el que se presenta unido a aquel que le da derecho de entrada. Sin fe es imposible agradar a Dios, porque la fe contempla y abraza aquello que el Autor y Consumador de la fe ha logrado por nosotros y para nosotros.
Siglos después de Pablo, un autor cristiano anónimo, en la conocida Carta a Diogneto, resumió esta verdad con una exclamación inolvidable: “¡Oh dulce intercambio!”. Y preguntaba: “¿Qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados sino la justicia de aquel? ¿En quién otro podríamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios?”.[5] Esa es la sustancia del Evangelio: Nuestro pecado cargado sobre Cristo; su justicia imputada a nuestro favor.
Este es, por tanto, el Evangelio que justifica: digno de ser afirmado por todos y proclamado hasta lo último de la tierra, porque obra completa y definitivamente. No parcialmente. No provisionalmente. No en dependencia de la cooperación final del pecador. Obra con la eficacia del poder de Dios y con la perfección de la justicia de Dios. Y ante un Evangelio así solo queda una pregunta personal e ineludible: ¿lo crees? No si lo admiras desde lejos. No si te parece una doctrina interesante. No si reconoces su importancia histórica. ¿Lo crees? ¿Es esta la razón por la que puedes acostarte en paz cada noche, sabiendo que un día habrás de comparecer delante del santo Juez? ¿Has experimentado el poder del Evangelio para salvación? ¿Descansas en la justicia de Cristo o todavía sigues intentando presentar la tuya?
Conclusión
El tiempo vuela. Hace ya casi una década que la cristiandad se preparaba para celebrar el quinientos aniversario de la llamada Reforma protestante. Pero ese interés casi festivo por ciertas enseñanzas bíblicas, incluida la doctrina de la justificación por la fe, diez años después, y sin efemérides a la vista, parece haber caído en el olvido. No cometamos ese error. Demos gracias a Dios por la maravilla de la justificación. Y pidámosle que nos haga crecer en esta verdad, para que nuestra afirmación del Evangelio sea tan certera como apasionada.
[1] Alister McGrath proporciona una síntesis de cómo esta doctrina ha venido descuidándose progresivamente en círculos evangélicos en Justification by Faith: What it Means for Us Today (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1988), 9.
[2] Citado por Steve Fernández en ¿Justo Yo? La glorificación de Cristo en la justificación del pecador (León: Berea, 2011), 20.
[3] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 581.
[4] Citado por Michael Reeves en Right with God (Bridgens, Wales: Union, 2022), 34.
[5] Carta a Diogneto, 9.5.
