A finales de 2002 la cadena de televisión ABC emitió un programa llamado “Extreme Makeover”. El formato consistía en seleccionar a personas insatisfechas con su vida y someterlos a un proceso de transformación física. Les cambiaban la ropa, el peinado, el estilo; incluso algunas se sometían a cirugías estéticas. Después de un proceso de varias semanas se miraban al espejo y parecían personas totalmente cambiadas, pero realmente eran las mismas. Habían experimentado cambios externos, pero eso no garantizaba una felicidad duradera.

Nuestra cultura piensa de manera muy similar. Creemos que, si logramos cambiar lo suficiente por fuera o mejorar nuestras circunstancias, entonces todo estará bien. Incluso hemos introducido a Jesús en esa ecuación. Muchas veces se le presenta como un gurú espiritual que viene a solucionar nuestros problemas externos, mejorar nuestro entorno y darnos nuestra mejor vida ahora.

Sin embargo, Jesús no vino a ofrecer simples retoques externos, sino una transformación mucho más profunda y real. Porque el problema no es que estemos mal, es que estamos espiritualmente muertos (Ef. 2:1). No es que tengamos que arreglar cosas, es que necesitamos ser resucitados. El problema no está fuera de nosotros, sino dentro. No es que únicamente cometemos pecados, es que somos pecadores (Ro. 3:23). Por eso, Jesús vino para traer un cambio radical y verdadero. Un cambio que comienza en nuestro corazón y se extiende a toda la vida (Ef. 4:22-24).

Esta es la buena noticia. Esto es el Evangelio. Que Cristo ha venido a este mundo para morir y perdonar los pecados de todos los que se arrepienten y creen en Él, y así darles una nueva vida (2 Cor. 5:17). El Evangelio no es un mensaje para complementarte, es un mensaje para transformarte por completo. Hay muchos aspectos que el Evangelio cambia al llegar a nuestra vida pero el más fundamental es nuestra condición. El apóstol Pablo en Colosenses 2:10-15 lo expresa de la siguiente manera:

Y habéis sido hechos completos en Él, que es la cabeza sobre todo poder y autoridad; 11 en Él también fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha por manos, al quitar el cuerpo de la carne mediante la circuncisión de Cristo;  habiendo sido sepultados con Él en el bautismo, en el cual también habéis resucitado con Él por la fe en la acción del poder de Dios, que le resucitó de entre los muertos. Y cuando estabais muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne os dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos,  habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz. Y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él.

En este pasaje vemos seis realidades espirituales que revelan la nueva condición del creyente en Cristo:

Completos en Él

Completos no es la idea de que Cristo viene a ser la pieza que falta al puzzle, sino la idea de una rama que antes estaba separada de árbol y que ahora ha sido unida a Él (Jn. 15:5) El creyente antes estaba muerto y ahora está vivo, antes vacío y ahora lleno.

Circuncidados en Él

La circuncisión física fue establecida como una demostración del pecado con el que nace el ser humano, y la necesidad de ser limpio. Esto apuntaba a la verdadera circuncisión, la del corazón, en la que el creyente es limpiado del dominio del pecado.

Sepultados con Él

Así como Cristo murió y fue sepultado físicamente, el creyente  por medio de la fe en Cristo, muere espiritualmente al pecado y a la vida anterior que le esclavizaba. 

Resucitados con Él

También como Cristo resucitó, el creyente resucita para una nueva vida de amor y obediencia a Cristo (Ro. 6:3-4).

Perdonados por Él

En la cruz Cristo ha pagado y borrado todos los pecados y la deuda incalculable que el creyente tenía con el Padre. El creyente experimenta un perdón completo de tal manera que la condena que debe caer justamente sobre él es cargada por Cristo en su muerte.

Victoriosos con Él

Cristo venció a la muerte y al que tenía el imperio de la muerte, Satanás. El creyente es benefactor inmerecido de esa victoria, recibiendo las bendiciones de participar de ella (1 Cor. 15:57) y garantizando la resurrección corporal futura.

El Evangelio ha cambiado nuestra condición. De incompletos a completos, de sucios a santos, de muertos a vivos, de culpables a perdonados y de derrotados a victoriosos. No se trata de un arreglo o de un complemento, se trata de una transformación total que afecta radicalmente a nuestra vida hoy y a nuestra eternidad. ¡Y todo por gracia por medio de la fe! ¡Gloria sea a Cristo nuestro glorioso Salvador, hoy y por siempre, Amén!.

Y tú, ¿Has experimentado este cambio real, duradero y vital que necesitas?

Ismael Garrido

Autor Ismael Garrido

Es graduado del Seminario Berea en los programas de Predicación Expositiva y Biblia y Teología. Está en el proceso de plantación de una nueva iglesia en Murcia. Ismael está casado con Ana, y tienen 3 hijos.

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