El diablo es “el padre de mentira”, y yo diría que es también el “rey de las distracciones”. Su objetivo claro es engañar, tergiversar, manipular… pero en su astucia, también busca y consigue distraer, entretener, y desviar. Es capaz de llevarnos a poner cosas que no son necesariamente malas, por delante de los hábitos espirituales que son la prioridad del discípulo de Cristo. Y esto también lo consigue a nivel de Iglesia. Así es como podemos observar a muchas iglesias haciendo muchas cosas, y a la vez, descuidando aquello que es esencial y prioritario. Porque la prioridad de la Iglesia es hacer discípulos de Jesucristo. Ninguna Iglesia sana y seria pondría otra prioridad por encima de ésta.

El problema está en entender lo que esta misión implica, porque la salvación del discípulo no es la meta… la semejanza a Cristo es la meta. Jesús lo enfatizó en Su comisión (Mateo 28:19-20), al requerir la enseñanza de todo lo que Él había enseñado. Los apóstoles lo reiteraron con su convicción de que tenían que dedicarse a la oración y al ministerio de la Palabra. Y el apóstol Pablo, en un claro mandato de transición a Timoteo, de un apóstol a un pastor, matizó que la estrategia de Cristo consistía en encargar a hombres fieles la tarea de enseñar a otros, que a su vez fueran idóneos para enseñar a la siguiente generación. (2ª Timoteo 2:2).

Así que, “capacitar a los santos para la obra del ministerio”, como también Pablo exhortó a los Efesios, es una tarea fundamental para que la Iglesia se mantenga enfocada en esta prioridad, para que la Iglesia honre al Señor de la Iglesia persiguiendo la meta de la semejanza a Cristo, y para que no se deje arrastrar por otras cuestiones que no son la prioridad, ni se deje engatusar por lo que solo es entretenimiento.

1. La provisión de Cristo

En el contexto de esta exhortación que Pablo hizo a los Efesios, podemos comprobar como Cristo mismo enfatiza esta prioridad de la madurez espiritual; primero por como resalta la provisión de Cristo para que Su iglesia crezca en semejanza a Él (v.7-12). Con una ilustración basada en el Salmo 68:18, Pablo describe la salvación de los creyentes como una “conquista”, en la que Cristo trae “cautivos” para beneficiar a Su reino, mostrando así como nuestra salvación supone pasar de una vida de inutilidad en nuestros delitos y pecados, a una vida de productividad en la edificación de los creyentes. Y particularmente Pablo lo menciona para remarcar el papel que evangelistas, pastores y maestros tienen en esta edificación, siguiendo el ejemplo de apóstoles y profetas, que son el buen fundamento sobre el cual Cristo, la piedra angular, edifica Su Iglesia para Su gloria (Efesios 2:20-22).

Este énfasis de Pablo concuerda con la preponderancia del ministerio de la Palabra en la Iglesia de Cristo. Todos estos hombres tienen en común ese ministerio precisamente, que contribuye a la capacitación espiritual de todo el cuerpo, que es una frecuente ilustración de Pablo en sus cartas, que nos ayuda a comprender como la diversidad contribuye a la unidad. Distintos miembros, ejerciendo distintos ministerios, según han sido capacitados con distintos dones, promueven y producen la edificación de todos. (1ª Corintios 12:1-12).

2. El propósito de Cristo

Además de la provisión de Cristo, Pablo también resalta el propósito de Cristo (v.13-14). En armonía con el resto de la instrucción apostólica, el objetivo de Cristo con Su provisión de aquellos que sirven en la capacitación de todos los santos para la obra del ministerio, es llegar a la madurez espiritual que Cristo mismo modeló con Su ejemplo. Y es notable ver como Pablo conecta la verdadera unidad de los creyentes con la madurez espiritual, y como a su vez conecta la verdadera madurez con la comprensión doctrinal (13).

Luego añade dos sencillas ilustraciones para fortalecer esta conexión con la prioridad del ministerio de la palabra; una sigue la idea del crecimiento natural del ser humano, porque el objetivo es dejar atrás esa etapa de la niñez en la que es fácil ser engañados y manipulados por adultos malintencionados; y la otra es la de un poderoso viento que puede arrastrar un barco que no está siendo sólidamente dirigido (14).

Por eso, la Iglesia no puede comprometer la exclusividad de las Escrituras en la capacitación de los santos, ni en la edificación del cuerpo. Sólo el estudio preciso y la exposición fiel de la Palabra de Dios producen la madurez espiritual, que a su vez preserva la unidad real.

3. El poder de Cristo

Finalmente, junto con la provisión y el propósito de Cristo, el apóstol Pablo resalta el poder de Cristo (v.15-16). El mismo poder que produjo la salvación del pecador (Efesios 1:18-19) es el que produce la santificación del creyente. Un poder que se manifiesta en la convicción doctrinal que nos lleva a “hablar la verdad en amor” (15); un poder que también se manifiesta en un comportamiento piadoso que prioriza el bien de los demás miembros del cuerpo (16); y un poder que se manifiesta en una colaboración fraternal de cada uno en su papel y función, para lograr la fortaleza espiritual de todos.

Así, la ilustración de la edificación del cuerpo se completa con la realidad de miembros doctrinalmente sanos, capacitados específicamente para cumplir con su función, con la inestimable e imprescindible ayuda de Cristo, siendo la cabeza que dirige, y proveyendo las coyunturas que sostienen y cohesionan.

Si el diablo no consigue engañarnos con otras metas, tratará de distraernos añadiendo otras prioridades a la única que Cristo estableció. Tengamos mucho cuidado, no sea que estemos distraídos de la prioridad de hacer discípulos de Jesucristo, quien proveyó específicamente capacitadores que tienen la responsabilidad de ser fieles e idóneos para capacitar. Porque Cristo anhela primordialmente la capacitación de todos los santos para la edificación de todo el cuerpo. Y porque Cristo tiene todo el poder suficiente para que todos Sus discípulos alcancemos la meta de la semejanza a Él.

Jonatán Recamán

Autor Jonatán Recamán

Pastor en la Iglesia Evangélica de Pontevedra (España) y profesor del seminario Berea (León, España).

Más artículos de Jonatán Recamán