Cualquier disciplina que se digne a ser efectiva necesita un proceso de aprendizaje y práctica. No importa si hablamos de deporte, música o estudios. Es necesario preparase de forma responsable y esforzada si queremos llegar a cumplir con el objetivo que se establece para su desarrollo en la vida.
Recuerdo las horas de ensayo de nuestro hijo durante su tiempo en el conservatorio. No solo tenía la responsabilidad y el deber de asistir a cada una de las clases y realizar todas las tareas, sino que, además debía seguir repasando y ensayando con el instrumento anticipando el momento de la audición. Ese era el objetivo, porque entonces se llevaría a escena todo lo aprendido y practicado. El profesor sabe si has estudiado, incluso puede intuir el tiempo que le has dedicado a la partitura a medida que el sonido es emitido por el instrumento. Y, como padres, asistíamos con mucha expectación e ilusión, queriendo disfrutar del resultado de tanto esfuerzo, agradecidos al ser testigos de su crecimiento en esta área de formación.
Salvando las distancias, como creyentes hemos de crecer en nuestra vida espiritual. Los creyentes– todos los creyentes– necesitamos aprender. Y para ello debemos esforzarnos continuamente en ser activos en nuestra santificación con el fin de asemejarnos cada día más a nuestro Señor Jesucristo. Y en ese proceso «santificador» la oración resulta importantísima. Al punto de decir sin equivocarnos que, junto a la asimilación de la Palabra de Dios, son las dos disciplinas más importantes en la vida del creyente. ¿Estás creciendo en nuestra vida de oración? Con ese objetivo en mente, te propongo tres maneras de crecer en nuestra vida de oración.
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La oración como una necesidad y no como un recurso.
Pablo escribió a los hermanos de Tesalónica: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17) y lo hizo partiendo de la base de que la oración es un aspecto elemental para la vida cristiana. En la iglesia de Tesalónica estaban preocupados por aquellos que habían muerto antes de la segunda venida del Señor temiendo un juicio de parte de Dios. Y aunque Pablo les había instruido al respecto permanecían preocupados. De ahí la exhortación del apóstol a participar de la oración constante.
¡Qué importante es para nosotros considerar que la oración es necesaria mientras estemos en esta tierra! Hoy en día nos ofrecen recursos seculares casi para todo: momentos de angustia, depresión, ansiedad, crecimiento,… ¡hasta para gestionar la felicidad! La oración, más que un recurso, es una necesidad. Saber que el Dios todo poderoso nos redimió del pecado y nos sigue guiando por medio del Espíritu Santo a una vida de santificación completa nos debería impulsar a orar a Él cada día.
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Ejercitémonos cada día en la oración
A través de las audiciones de nuestro hijo teníamos la oportunidad de ver su progreso y su trabajo. Nos encantaba escucharlo, aún con sus errores. La oración no la ensayamos, pero en la medida en que más la practiquemos menos nos costará hablar con Dios. ¿Qué tal si te digo que Dios Padre se deleita en la oración de los santos? Esto es lo que afirma Proverbios 15:8: “El sacrificio de los impíos es abominación al SEÑOR, mas la oración de los rectos es deleite”. Todo lo contrario se desliza de las acciones de esos impíos que, con su pecado, causan desprecio a Dios. Sin embargo, los rectos, con su oración, traen gozo a Dios. Pensar que nuestro Padre celestial se deleita al escucharnos a nosotros es algo maravilloso. Dios se goza y le es agradable elevar nuestras oraciones delante de Él. Y no queremos ofender a Dios… ¡Queremos agradarle! Pero, además, la oración trae paz a nuestros corazones y mantiene nuestros pensamientos en Cristo (Filipenses 4:6-7). De manera que, un motivo fundamental para ejercitarnos en la oración diaria es que resulta esencial para nuestro crecimiento espiritual.
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Orar es vital para nuestro crecimiento espiritual y nos aleja del pecado.
La salvación no se pierde. Esto está garantizada por Dios al ser sellados por Su Espíritu Santo. Al punto que nada nos puede separar de la obra (y el amor) de Cristo (Romanos 8:38-39). Pero el pecado nos separa de Dios. Así que, aplicando este principio a la oración, le silogismo es muy simple: somos llamados a hacer lo bueno, la oración es buena y necesaria para nuestro crecimiento. Por tanto, no hacerlo resulta pecaminoso. No orar es un “pecado de omisión”. Y esta quizás sea una observación que pocas veces no os hacemos. No es que demos por bueno el orar, quizá no lo hayamos contemplado como una ofensa a Dios. Pero… ¡mira lo que dice 1 Samuel 12:23! Los israelitas acaban de rechazar a Dios al querer un rey y ser como las demás naciones. Samuel está dando un «discurso de despedida”. Ningún mal había hecho contra ellos (vs.1-5). Les recuerda el obrar de Dios a pesar de su desobediencia y les exhorta de Samuel a no apartarse de Dios en pos de vanidades (v. 21). Entonces, declara: “en cuanto a mí, lejos esté de mí que peque contra el Señor cesando de orar por vosotros, antes bien, os instruiré en el camino bueno y recto” (v23).
Crezcamos en nuestra vida de oración viéndola como una necesidad y no solamente como un recurso. Ejercitémonos cada día en la oración, meditando en la Palabra de Dios, escuchado mensajes y aun orando con otros hermanos. Veamos la oración como parte esencial de nuestro crecimiento espiritual en el Señor. ¡Nunca dejemos de hacerlo!
