En el invierno de 1925, la remota ciudad de Nome, en Alaska, se enfrentó a un brote de difteria que amenazaba con matar a casi todos los niños del lugar. La cura existía, era un suero, pero estaba a más de mil kilómetros de distancia, en Anchorage. Sin embargo, una tormenta de nieve histórica había dejado en tierra a todos los aviones y bloqueado los barcos; y la única esperanza era traer el suero en trineos tirados por perros. Veinte hombres se organizaron en un relevo desesperado conocido como la “Gran Carrera de la Misericordia”. Se enfrentaron a vientos huracanados, temperaturas gélidas y hielo quebradizo. A pesar del peligro extremo, ellos comprendían una verdad ineludible: si se detenían para buscar refugio, o si desviaban su camino para evitar el peligro, el suero nunca llegaría y la muerte ganaría la partida. Para estos hombres, el poder curativo de la medicación y la vida de los niños superaban con creces el valor de sus propias vidas. Su convicción era tan firme que el peligro de morir resultaba un precio aceptable con tal de entregar la única medicina capaz de salvar con seguridad a aquellas criaturas.
Esta ilustración histórica nos sirve de espejo para una realidad mucho más profunda y terrible. Así como la difteria mataba a los niños de Alaska, el pecado mata a millones de personas en todo el mundo. Necesitan con urgencia el “suero” divino del evangelio, porque el Evangelio es lo único que les puede salvar, ya que es el poder de Dios para salvación. Y la Iglesia, como “portadora” de ese mensaje, debe estar dispuesta a darlo todo para que ese poder llegue a las almas moribundas en perfectas condiciones.
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La capacidad del Evangelio
El apóstol Pablo fue una de esas personas dispuestas a dar su vida por el Evangelio, pues conocía el poder de Dios contenido en ese mensaje. En Romanos 1:16-17, escribió una de las declaraciones más relevantes de todo el Nuevo Testamento: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.”
Pablo utiliza la palabra griega dynamis para identificar esa capacidad poderosa del Evangelio. El Evangelio no es un consejo moral, ni una sugerencia de autoayuda, ni una filosofía para vivir mejor; es una operación de poder divino. Es la intervención “agresiva” de Dios para rescatar al hombre de su propia destrucción: a través del Evangelio, y únicamente por Su Gracia, el Dios Justo nos declara libres de culpa al creer en su Hijo Jesucristo. Por esta razón, la tesis central de Pablo en estos versículos es clara: fuera del Evangelio de Jesucristo no hay salvación posible. En un mundo pluralista que busca decir que “cualquier camino lleva a Dios”, el Evangelio declara que solo hay un camino que lleva al Padre: Jesucristo y Su justicia. La salvación ocurre exclusivamente dentro del radio de impacto de este mensaje. Es el único antídoto. Si el suero de Nome hubiera sido sustituido por cualquier otro medicamento, aun parecido, todos habrían muerto. De igual manera, cualquier otro “camino” que no sea el Evangelio de Jesucristo carece de poder para salvar.
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La responsabilidad para con el Evangelio
Impulsado por esta convicción del poder del Evangelio, la perspectiva de Pablo sobre su propia existencia cambió radicalmente. Él entendió que un mensajero no es más importante que el mensaje. En Hechos 20:24, lo afirma con franqueza: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” Consecuentemente, Pablo soportaba cualquier cosa: ataques personales, ministeriales o problemas de salud (1Cor. 4:10-15; 2 Cor. 6:1-11; Fil. 4:11-13). Lo primordial no era su vida, sino la Gracia de Dios manifestada en el Evangelio. Él no buscaba el sufrimiento, pero tampoco huía de este si el precio de escapar era silenciar la verdad. Su determinación por el Evangelio era una postura de vida, hasta el punto de estar dispuesto a ser considerado “escoria del mundo” (1 Cor.4:13) si ello permitía que otros conocieran a Cristo.
Hoy nos encontramos en una encrucijada similar. Vivimos en una sociedad donde la “tolerancia” se ha redefinido como la aceptación obligatoria de todas las ideas como igualmente válidas. La cultura presiona con fuerza sobre la Iglesia, y sentimos la tentación sutil de no predicar todo el consejo de Dios para no sentirnos “desplazados sociales”. Nos susurran: “Habla del amor, pero no del infierno; habla de reconciliación, pero no de arrepentimiento”.
Esta invitación a moldearnos a la imagen del mundo a menudo se disfraza de compasión. Nos dicen que, si “suavizamos” el mensaje, que, si nos “adaptamos a su cultura”, mostraremos mejor el amor de Cristo, y más gente escuchará. Pero esto es una falsa ilusión. Pablo nunca suavizó Su mensaje, porque él sabía que el poder del Evangelio no se basa en persuasiones o adaptaciones, sino en Dios. (1Co. 2:4-5). Un Evangelio que no confronta el pecado no puede traer la gracia del perdón, ni explicar la necesidad imperiosa de la cruz.
Conclusión
Por ese poder salvador y transformador del Evangelio, nuestras vidas deben ser el escenario donde brille la gloria de ese Evangelio. El poder transformador de Cristo nos debe distinguir de manera singular. Esta distinción no nace de una superioridad moral, sino de sabernos rescatados por la Gracia de un Dios Salvador que vino a buscar a quienes solo merecíamos el juicio.
Por tanto, recuperemos la valentía de aquellos apóstoles. No cedamos a la presión de conformarnos a las ideologías actuales, ni nos avergoncemos del Evangelio. Amemos al mundo lo suficiente como para decirle la verdad. Seamos, como aquellos trineos en Alaska, portadores inquebrantables de la cura; atravesando la tormenta cultural, sin reparar, si es necesario, en nuestro propio bienestar, convencidos de que portamos el único poder de Dios para salvación.
