Hace muchos años un preso comparecía ante un rey. En su defensa, el hombre dijo lo siguiente: “Soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa hecha por Dios a nuestros padres.”
Su nombre es Saulo, y esta frase la leemos en el libro de los Hechos, capítulo veintiséis, verso seis. Saulo ha sido un fiero perseguidor de la recién inaugurada Iglesia, pero su vida da un giro de 180 grados de la noche a la mañana, hasta tal punto que ahora lleva años anunciando por medio Mediterráneo exactamente las mismas Noticias que antes detestaba. ¿Qué ha ocurrido? Que cayó a tierra. Y que oyó al Salvador. Pero conocerle le ha conllevado muchos y serios problemas. Por eso lleva dos años encarcelado. Por eso comparece ante el rey en juicio. Por eso será llevado a Roma. Todo por proclamar la esperanza de la promesa hecha por Dios a los padres Abraham, Isaac, Jacob… de que a través de ellos Él va a establecer un Reino. ¡Y no hablamos de cualquier reino! Sino de un Reino perfecto. Sin pecado. Gobernado por un Rey Perfecto y Eterno: el Mesías, Jesucristo.
Ahora. Para ser parte de ese Reino se requiere una cosa: creer en el Evangelio. El Evangelio es una gran noticia. Tal noticia trajo la esperanza por la que Saulo está dispuesto a estar preso ante el rey, y por esta esperanza está dispuesto a sufrir muchos y serios problemas… hasta la muerte. La escena de Saulo ante el rey Agripa en la recta final de Hechos es el microcosmos que Lucas, el autor, viene mostrando desde el comienzo de su relato: que en el Evangelio de Jesucristo hay esperanza, y que Su iglesia tenemos la misión de anunciarlo a toda persona. Lo que nos lleva al inicio del relato. Más concretamente, a los once primeros versículos.
Es ahí donde Lucas despliega tres herramientas con las que la Iglesia cuenta para para anunciar con éxito la esperanza que sólo el Evangelio de Jesús ofrece.
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Un pilar sólido
No hay que ser ingeniero para entender que los reinos se componen de edificios. Que los edificios tienen pilares. Y que, si los pilares no son sólidos, los edificios se derrumbarán. Pues bien, Lucas comienza con el pilar espiritual más sólido posible: el Evangelio está fundamentado sobre eventos reales.
Lucas escribe Hechos como la parte II de su evangelio (Hechos 1:1), y comienza recordando a su destinatario, Teófilo, que Jesús se presentó vivo a sus apóstoles con «muchas pruebas convincentes … durante cuarenta días … y hablándoles de lo concerniente al reino de Dios» (v. 3).
Jesús vive. El cristianismo parte de una fe fundamentada sobre el pilar sólido de la evidencia objetiva. Nuestra fe no está basada en mitos y leyendas no corroboradas, sino en hechos, en acontecimientos probados y atestiguados por muchos testigos, de los cuales podemos leer en este libro llamado la Biblia.
Así, el mensaje que anunciamos con el Evangelio apunta a la esperanza de un Rey sobre un reino. Irónicamente, los judíos mataron a su Rey, pero nada ni nadie estropea Su plan. Había sido predeterminado que esta verdad se cumpliese literal y objetivamente (2:23) para que Jesús sea nuestro sacrificio sustitutorio (8:32), resucite al tercer día (2:24), y reine (2:33). A la hora de anunciar la esperanza en Cristo, descansa pues, sobre el pilar sólido de la verdad del mensaje de salvación.
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Un poder suficiente
¡Dios tiene todo poder para salvar! ¿Cómo no vamos a echar mano de esta segunda herramienta? Lucas narra cómo Jesús manda a sus discípulos que se queden en Jerusalén para ¿qué? «para esperar la promesa del Padre».
Esta promesa poderosa no es otra que el Espíritu Santo de Dios (v. 5). Lucas cita a Jesús en el versículo 8 explicando a sus discípulos que el reino va a extenderse, no con una conquista violenta… no con un ataque instantáneo… sino que el plan divino es que se extienda lentamente, por medio del «arma» que es el infinito poder del Espíritu Santo obrando a través de meros hombres y mujeres.
En un tiempo que vivimos donde la iglesia ha errado tanto en comprender el papel del Espíritu, aprendemos que uno de Sus ministerios más esenciales es otorgarnos poder. Poder para proclamar. Poder para tener denuedo y valentía. Poder para perseverar. Poder para llevar a cabo los deberes dados por Cristo: “haced discípulos” (Mat 28:19).
Cristiano. Tienes todo más que suficiente. Tienes Su más poderosa herramienta, Él mismo habitando en ti, para llevar a cabo tu tarea de anunciar con éxito la esperanza en Cristo.
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Una promesa segura
Lucas termina la escena de manera espectacular: con Jesús elevándose hasta que le perdieron de vista (v. 9). Fíjate si fue espectacular que el autor expresa que: «se presentaron [a los discípulos] dos varones con vestiduras blancas» (v. 19). El Rey-Salvador vuelve al cielo… esto le hace comentar acerca de ángeles con la misma naturalidad que te pide que le pases la sal. Nada se compara a Jesús.
Nada se compara a la esperanza futura: Cristo vuelve pronto (Ap. 22:12). Y mientras esperamos que Él cumpla Su promesa, perseveramos. Perseveramos anunciando la antigua esperanza del Rey y Su Reino.
Al mundo le encanta proclamar muchas esperanzas. Las empresas invierten millones en herramientas publicitarias con el deseo de compartir la esperanza de: un coche mejor, un detergente mejor, unas deportivas mejores, una mejor TV… Y venden sus productos porque están convencidos (unos más que otros) de que tal o cual producto puede ofrecerte una esperanza de una vida mejor. La gente busca esperanza, también, en cosas más… serias: buena salud, una familia amorosa, un hogar donde vivir cómodamente… Todo legítimo. Pero, ¿qué ocurre con la iglesia?
Si creemos verdaderamente que tenemos el mejor «producto», es decir, la mayor, mejor, y más perfecta esperanza fundamentada en el pilar de la verdad objetiva, del poder que el Espíritu nos da proclamar, y en la promesa segura de su vuelta a establecer Su reino definitivo, ¿no crees que esta esperanza será digna de ser compartida con el mundo? Saulo lo creyó. Lucas concluye Hechos con Saulo preso en Roma, y la última palabra que escribe es un adverbio (akōlutōs): sin impedimento (28:31) Preso. Pero sin impedimento. No hay nada que te impida anunciar la esperanza del Evangelio de Cristo al perdido. Nada. Tienes todas y las mejores herramientas a tu alcance. ¡Úsalas!
