El orgullo es probablemente la mayor manifestación de pecado en nuestra vida. En su libro Mero Cristianismo, C. S. Lewis escribió “El mayor mal es el orgullo. La falta de castidad, la ira, la avaricia, la embriaguez, y todo eso, son meras picaduras de pulga en comparación».[1] Y este mal no es ajeno a nuestras vidas. Caín mató a su hermano Abel por orgullo. Los hijos de Jacob vendieron a José por orgullo. Moisés golpeó la roca por orgullo. David adulteró con Betsabé por orgullo. Y Salomón se inclinó tras la idolatría por orgullo. Tú y yo también pecamos de orgullo.

Como dijo Charles H. Spurgeon, “El orgullo crece con presteza igual que otras malas hierbas. Puede vivir en cualquier suelo. Prolifera en el corazón natural, brota sin siembra, crece sin riego e incluso se arraiga muy fácilmente en el corazón renovado cuando Satanás desparrama ahí un puñado de su semilla”.[2] Es por ello por lo que necesitamos estar alerta de cualquier hierba de orgullo que germine en nuestro corazón. Te presento aquí tres manifestaciones del orgullo para que examines tu vida y lo arranques.

  1. La Arrogancia

La arrogancia brota sigilosamente en medio de un corazón envanecido. Es la actitud de aquel que tiene un concepto más alto de sí del que debe tener, y se considera más y mejor. Pablo escribió a los corintios para que se cuidasen de la arrogancia. Les dijo, “Esto, hermanos, lo he aplicado en sentido figurado a mí mismo y a Apolos por amor a vosotros, para que en nosotros aprendáis a no sobrepasar lo que está escrito, para que ninguno de vosotros se vuelva arrogante a favor del uno contra el otro” (1 Corintios 4:6). El apóstol les explicó que todas esas imágenes de labradores plantando y regando (3:5), los edificadores construyendo (3:9), y los mayordomos administrando (4:1) de las que le habló, tenían el propósito de enseñarles que no debemos creernos más de lo que somos. La frase “sobrepasar lo que está escrito” es pensar más de lo que Dios ha dicho, es tener un concepto de nosotros más allá de lo que Dios ha establecido.

Esta actitud conduce al envanecimiento. Uno se vuelve altivo, inflado de soberbia. Olvida la humildad y el estimar a los demás como superiores (Filipenses 2:3). De modo que desprecias al otro y te opones. Miras por lo tuyo propio y desechas lo de los demás. Te colocas a favor del uno en contra el otro, dando lugar así a contiendas y divisiones. Como dice Proverbios 28:25, “El hombre arrogante suscita rencillas”. Cuando la consideración de ti mismo sobrepasa lo que Dios ha dicho y no mantienes la humildad y la mansedumbre, pecas de arrogancia y promueves discordias entre los hermanos. Cuidado con esta mala hierba de tu corazón.

  1. La Ingratitud

Otra clara manifestación de orgullo en nuestra vida es la ingratitud. Esta es la actitud de aquel que se cree merecedor de lo que es o tiene. Pablo advirtió de este pecado a los corintios por medio de tres preguntas retóricas: “¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). La primera cuestiona el sentido de importancia que podemos llegar a tener de nosotros mismos. Señala una auto distinción que excluye a otros. La segunda pregunta alude a la necedad de pensar que tenemos algo que no hemos recibido. Es la idea de la auto provisión. Y la última apunta a la vanidad de jactarse por algo que no es tuyo.

Esta actitud manifiesta ingratitud. Cuando piensas sólo en ti e ignoras a los demás. Consideras que no necesitas a otros y que te vales por ti mismo. Te crees digno como si tú mismo hubieses provocado y producido las bendiciones que disfrutas, y aun por encima te jactas de ello. El desagradecimiento revela que hemos olvidado la gracia de Dios, y cuando no hay gratitud estamos robando a Dios Su gloria. Cuidado con las hierbas de la ingratitud.

  1. La Vanagloria

Finalmente, otra manifestación de orgullo en nuestro corazón es la vanagloria, es decir el jactarnos de nuestro propio valor y creernos autosuficientes. El apóstol Pablo presenta a los corintios tres aseveraciones irónicas para advertirles de su vanagloria. Dice, “Ya estáis saciados, ya os habéis hecho ricos, ya habéis llegado a reinar sin necesidad de nosotros” (1 Corintios 4:8). Los corintios se creían llenos, sin necesidad de nada. Como si lo supiesen todo y hubiesen llegado ya a la plenitud. Reflejaban un estado de tal abundancia que ya no necesitaban la enseñanza y sabiduría de Pablo.

En muchas ocasiones la vanagloria germina porque creemos que ya lo sabemos. Escuchamos con oídos saciados que reflejan un corazón orgulloso. No preguntamos porque pensamos que no necesitamos. No pedimos ayuda ni consejo porque consideramos que estamos llenos o al menos no queremos que los demás piensen que nos falta algo. La vanagloria tampoco necesita agua para crecer en nuestro interior y debemos arrancarla.

Conclusión

El orgullo está más presente de lo que pensamos. No lo plantamos, pero brota de nuestra inclinación pecaminosa carnal. No lo deseamos, pero como las malas hierbas, aparece en nuestro corazón y se manifiesta en nosotros por medio de la arrogancia, la ingratitud y la vanagloria. Examinemos nuestra vida y arranquemos de nosotros todo tipo de brote orgulloso.

 

 

[1] C. S. Lewis, Mero Cristianismo (Harper Collins, 2006), 109.

[2] Charles H. Spurgeon, “El Orgullo Catequizado y Condenado, sermón 1271” publicado en El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano, https://www.spurgeongems.org/schs1271.pdf (último acceso el 11/10/2025).

David González

Autor David González

Pastor de la Iglesia Evangélica Teis en Vigo (España) y profesor adjunto del Seminario Berea en León (España). Tiene una Maestría en Divinidad de The Master’s Seminary. David está casado con Laura y tienen 3 hijas (Noa, Cloe y Aria).

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