La Navidad no es simplemente una tradición cultural ni una fecha marcada por reuniones familiares, luces o regalos. En Navidad el cristiano celebra que el Verbo eterno se hizo carne. La encarnación no es un detalle doctrinal secundario; es el corazón mismo de la fe cristiana. Si Jesús no es Dios encarnado, no habría evangelio, ni perdón de pecados, ni reconciliación con Dios. Juan resume de manera magistral esta doctrina en Juan 1:14: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad».

Juan no dice que intuyeron algo divino ni que percibieron una presencia especial. Dice que vieron su gloria. Pero ¿cómo puede alguien afirmar que ha visto la gloria del Dios invisible? La respuesta es sencilla, pero profundamente teológica: «Y el Verbo se hizo carne». Los discípulos pudieron contemplar la gloria del Dios invisible porque el Verbo eterno se hizo verdaderamente hombre en la persona de Jesús de Nazaret.

Juan quiere que entendamos quién es ese Verbo, y por eso nos remite intencionadamente al inicio de su Evangelio (Jn 1:1) al afirmar que «el Verbo se hizo carne». Según Juan 1:1, antes de la creación, cuando solo existía Dios, el Verbo ya coexistía con Dios, y además estaba con Dios en una relación personal y eterna. Este lenguaje distingue claramente al Verbo del Padre, sin separarlos. Por eso, este Verbo también es Dios. No es un segundo dios ni una divinidad menor.

Esta verdad trinitaria —la distinción sin separación de las tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, quienes existen en una única e indivisible deidad sin ser la suma de las personas— es fundamental para comprender la magnitud de la encarnación. Cuando Juan escribe que «el Verbo se hizo carne», no está describiendo un simple acontecimiento histórico, sino un acto divino de una profundidad insondable: la segunda persona de la Trinidad asumió naturaleza humana.

Juan no dice que el Verbo aparentó ser hombre ni que adoptó una forma humana de manera temporal o ilusoria. Dice que se hizo carne, es decir, llegó a ser verdaderamente humano sin dejar de ser plenamente Dios. El niño que nació de María es el mismo Verbo que estaba con Dios y era Dios. Y tal y como expresa el término «carne», que subraya la fragilidad de la naturaleza humana, su humanidad fue real. Jesús no asumió una humanidad glorificada o invulnerable. No vino con un cuerpo extraordinario, sino con un cuerpo sujeto al cansancio, al hambre, al dolor y al paso del tiempo, aunque sin pecado.

Pero la encarnación no se limita a que Dios se hiciera hombre. Juan añade que «habitó entre nosotros». Literalmente, plantó su tabernáculo en medio de los hombres. Así como Dios habitó entre Israel en el tabernáculo, ahora Dios ha establecido su morada definitiva en Cristo. Jesús es el verdadero tabernáculo, la presencia visible de Dios entre su pueblo. Por eso los discípulos pudieron decir: «vimos su gloria». La gloria que Moisés no pudo contemplar, ellos la vieron en Jesús. Y Juan la describe como «la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad».

Juan es extremadamente cuidadoso para que entendamos que ver la gloria de Jesús es ver la gloria de Dios. Para ello, primero utiliza el término «unigénito». Esta palabra no implica que el Hijo haya sido creado, sino que procede eternamente del Padre y comparte (no reparte) plenamente Su esencia divina. Por eso, Su gloria es la gloria de Dios. Pero, además, la descripción «lleno de gracia y verdad» no es casual. Es la misma con la que Yahveh se reveló a Moisés en Éxodo 34, cuando Dios pasó delante de él y proclamó que era «abundante en misericordia y fidelidad». Por lo tanto, Juan está afirmando sin ambigüedad que Jesús es Yahveh. De este modo, la gloria de Jesús no es creada ni prestada; es la gloria que solo pertenece al Dios que se reveló en el Antiguo Testamento.

Moisés, a pesar de su estrecha relación con Dios, no pudo afirmar que vio Su gloria; Juan sí. Es cierto que nosotros no hemos visto a Cristo con nuestros ojos, pero eso no significa que estemos completamente privados de ver Su gloria. La contemplamos con los ojos de la fe mediante el evangelio. La vemos de manera suprema en la cruz. En el momento de mayor debilidad, Cristo manifestó su mayor gloria. Desde la cruz venció a la serpiente, desarmó el poder del pecado, abolió la muerte y demostró que es verdaderamente Dios encarnado.

Entonces, a la luz de Juan 1:14, la pregunta que deberíamos hacernos no debería ser: «¿por qué celebrar la Navidad?», sino: «¿acaso necesitas otra razón para hacerlo?» Si eres cristiano, has creído que Dios se hizo hombre para tu salvación; que el Creador se hizo criatura; que el Todopoderoso conoció la debilidad; que el Infinito se revistió de finitud; que el Omnisciente aprendió; que el Inmutable creció; que el Omnipresente se limitó al espacio; que el Eterno entró en el tiempo; y que el Autor de la vida murió.

Por eso celebramos la Navidad. No por nostalgia, ni por tradición, ni por sentimentalismo. La celebramos porque Dios, en su gracia infinita, nos ha dado el mayor regalo imaginable: Su Hijo eterno, la Segunda Persona de la Trinidad, quien se encarnó haciéndose plenamente hombre mortal, sin dejar de lado Su plena divinidad, por amor a los pecadores.

 

Rubén Videira

Autor Rubén Videira

Decano académico de Seminario Berea. Profesor de exégesis. Master en Divinidad y Teología.

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