Si has evangelizado alguna vez en la calle, habrás experimentado frecuentemente el rechazo de las personas con solo decir que quieres hablarles de lo que la Biblia enseña acerca de Cristo. Ante este rechazo, uno puede llegar a plantearse si realmente merece la pena compartir el Evangelio con personas que ni siquiera quieren escucharlo. Sin embargo, la Palabra de Dios no deja lugar a la duda y nos ofrece innumerables buenas razones para evangelizar en la calle o en cualquier lugar, y nos muestra que esta no es una actividad reservada para algunos creyentes especialmente atrevidos, sino que debe ser la respuesta natural de cada creyente ante la grandeza del mensaje que hemos recibido.

Este mensaje glorioso está presente en toda la Palabra, y al mismo tiempo aparece sintetizado en varios lugares. Uno de ellos es la primera carta que Pablo escribió a Timoteo, que nos permite considerar tres buenas razones para evangelizar.

  1. Debido al carácter de este mensaje.

Todos nosotros, al compartir el Evangelio, hemos encontrado a menudo la objeción de que la verdad depende de opiniones y que lo que para unos es verdadero, para otros puede no serlo. Este argumento no es nuevo. Ya en el siglo XIX el poeta español Ramón de Campoamor escribió:

«En este mundo traidor nada es verdad ni mentira;
todo es según el color del cristal con que se mira».

Estas palabras expresan una convicción muy extendida actualmente: que nadie está realmente en posesión de la verdad y que toda afirmación depende del punto de vista de quien la hace. Sin embargo, la Palabra de Dios declara que este mensaje no depende de opiniones, ni de estados emocionales, ni siquiera de nuestro propio testimonio personal. El Evangelio posee una autoridad y una objetividad que no proceden de nosotros, sino de Dios mismo. Por esta razón, el Espíritu Santo guió al apóstol Pablo a describir el Evangelio con estas palabras: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos» (1 Timoteo 1:15a).

Esto clarifica que el Evangelio no es una opinión religiosa más entre muchas, sino un mensaje verdadero, confiable y universal. Por lo tanto, si es fiel, debemos llamar a las personas a confiar en él; y si es digno de ser aceptado, debemos anunciarlo para que sea abrazado con gozo.

  1. Debido al contenido de este mensaje.

No solo el carácter del Evangelio nos impulsa a proclamarlo, sino también su contenido. El apóstol Pablo resume el corazón del Evangelio con estas palabras: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Timoteo 1:15b).

Esta afirmación contiene una verdad gloriosa acerca de la única persona en quien hay salvación y de la obra que Él llevó a cabo. “Cristo Jesús”. Estas dos palabras declaran que es en la persona de Jesús de Nazaret donde se cumple cada profecía acerca del Mesías, anunciado desde el principio como el único capaz de revertir las consecuencias que el pecado de Adán ocasionó a toda la humanidad. (Génesis 3:15) Pero, además, el texto revela que Jesús no comenzó su existencia el día que nació en Belén, sino que Él “vino a este mundo”, evidenciando así su preexistencia, y declarando su divinidad.

El Hijo Eterno dejó el lugar que le pertenecía, las moradas celestiales, lugar de perfecta santidad y absoluta pureza, para entrar en un mundo corrompido por el pecado. Esto no fue un simple cambio geográfico, fue un descenso abismal. Y lo hizo no porque necesitara algo de este mundo, sino porque este mundo rebelde y hostil (Colosenses 1:21) necesitaba un Salvador. Así,

El Justo, fue tratado como injusto. (1Pedro 3:18)
El Inocente, fue condenado. (Juan 19:4)
Y el Perfecto y Puro, fue tratado como el peor de los pecadores. (1 Pedro 2:22-24)

Para salvar a los pecadores” Él recibió en la cruz nuestro castigo, para que pecadores culpables, pudiesen ser justificados, perdonados y reconciliados con Dios. Jesús murió en la cruz, y fue sepultado. Pero su Padre lo vindicó al resucitarlo de entre los muertos, y le ha dado un nombre sobre todo nombre, ante quien toda rodilla debe doblarse y toda lengua confesar que Jesús es el Señor. (Filipenses 2:9-11)

Así que, sí, debemos evangelizar a los perdidos. Porque la proclamación fiel de este mensaje –la verdad acerca de Cristo y la obra de salvación que realizó– el único medio que Dios utiliza para eliminar la ceguera de los incrédulos y hacer resplandecer en su corazón la gloria de Cristo. (2 Corintios 4:4-6).

  1. Debido a la condición de los destinatarios de este mensaje

Cada pecador al que va dirigido este mensaje debe entender cuál es su verdadera condición espiritual. Ha de comprender que no es pecador simplemente porque comete pecados, sino que es pecador porque nació con un corazón engañoso y perverso. (Jeremias 17:9).vNo he conocido a nadie que no reconozca que es pecador; pero tampoco he conocido a nadie, ni siquiera en la prisión, que se considere el primero de los pecadores.

Sin embargo, encontramos en este texto a un hombre que sí reconoció esta realidad: “Entre los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15c). El apóstol Pablo que en su anterior vida se creyó “irreprensible en cuanto a la justicia de la ley” (Filipenses 3:6), cuando fue confrontado con el Evangelio comprendió que ante Dios no existen pecados pequeños, lo que existe es una deuda impagable.

Así que, sí, debemos evangelizar para que cada ser humano, quede sin excusa, reconozca su terrible condición de perdición eterna, y crea en este glorioso Salvador.

Conclusión

Si como hemos visto, el Evangelio es veraz en su carácter, glorioso en su contenido y necesario para la condición del ser humano, tenemos muy buenas razones para proclamarlo a los perdidos, aunque no quieran escucharlo.

Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15)

 

José Manuel Robles

Autor José Manuel Robles

Graduado del Seminario Berea y colabora en distintos ministerios en la Iglesia Evangélica de León

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