¿Recuerdas tu primera cita con tu cónyuge? Quizá para algunos, las mariposas volaban y los pájaros piaban deliciosas melodías. Para otros, quizá, ¡la pimera cita dejó mucho que desear! Hechos 16 nos muestra una cita. Pero no se trata de ninguna cita romántica, sino algo mucho más trascendental. Se trata una de las muchas citas que Dios mismo programa para que una persona escuche el evangelio de Jesucristo… Por medio de ti y de mí, por medio de su iglesia. Concretamente, tres aspectos que no podemos ignorar en cada cita divinamente agendada para evangelizar.

1. Dios programa las oportunidades

El relato comienza con un detalle que fácilmente podríamos pasar por alto. Antes de llegar a Filipos, Pablo había intentado dirigirse a otras regiones. Quiso ir a Asia y posteriormente a Bitinia, pero el Espíritu Santo y el Señor Jesús se lo impidieron. Finalmente, mediante una visión, Dios los conduce a Macedonia. Humanamente hablando, el viaje parece un tanto abrupto y repleto de cambios de planes y “puertas cerradas”. Pero desde la perspectiva divina, cada paso forma parte del plan perfecto de un Dios que está guiando a sus siervos, hacia una ribera de un río…

Esta realidad sigue siendo cierta hoy. Las oportunidades para compartir el evangelio no son simples coincidencias. Las conversaciones en el trabajo, las reuniones familiares, los encuentros con vecinos, amigos o compañeros de estudios son ocasiones que Dios agenda soberanamente en nuestro camino. Pablo y sus compañeros no crearon aquella oportunidad junto al río. Simplemente la aprovecharon. Llegaron al lugar donde las personas se reunían y comenzaron a hablarles acerca de Cristo. Su responsabilidad no era fabricar resultados, sino obedecer y proclamar.

Con frecuencia los creyentes perdemos oportunidades, entre otras cosas, porque pensamos que el evangelismo es una tarea reservada a pastores, misioneros o personas con gran celo evangelístico. Sin embargo, el mandato de Cristo es para toda la iglesia. Cada creyente debe estar preparado para explicar el evangelio con sencillez y fidelidad. La pregunta, pues, no es si Dios sigue abriendo puertas. Él lo hace. Él programa muchas ooportundiades. La pregunta es: ¿Estamos dispuestos a aprovecharlas? Esto nos lleva a un segundo aspecto:

2. Dios provee la salvación

Lucas centra entonces su atención en una mujer específica: Lidia. Comerciante exitosa y temerosa de Dios. El texto dice que era una adoradora de Dios (v.14). Sin embargo, todavía necesita ser salva.  Este detalle es importante porque nos recuerda que la religiosidad no equivale a la salvación. Una persona puede creer en Dios, asistir a todos los cultos, leer la Biblia e incluso tener interés espiritual, y aun así estar muerta en delitos y pecados,  todavía necesita desesperadamente el evangelio.

Así, Pablo anunciaba a Cristo, ocurrió algo extraordinario. Lucas escribe, v.14b: «el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía».  Fijémonos cómo la salvación de Lidia no fue el resultado de la oratoria de Pablo. No dependió de una estrategia persuasiva ni de una técnica evangelística… No. Escuchó el Evangelio simple y claro, y Dios actuó soberanamente en su corazón.Esta verdad proporciona humildad y esperanza al mismo tiempo:

Humildad, porque nos recuerda que nadie se convierte gracias a nuestra inteligencia o capacidad. Somos instrumentos, ¡somos como aquellos rpegoneros que iban de pueblo en pueblo comunicando la voluntad del “señor alcalde”! Comunicamos el mensaje, pero Dios es quien concede entendimiento, arrepentimiento y fe. También nos da esperanza, porque significa que la eficacia del evangelio no depende de nosotros. Aun cuando nos sentimos débiles, inseguros o insuficientes, Dios tiene todo el poder y todo el deseo de salvar. Por eso el éxito en el evangelismo cristiano no descansa en la confianza en nosotros mismos, sino en la confianza en Dios. El verdadero éxito reside en obedecer nuestra responsabilidad de proclamar fielmente el mensaje de la muerte y resurrección de Jesucristo. Descansa en esto, porque la obra de abrir corazones pertenece exclusivamente al Señor. Sólo Él produce salvación.

3. Dios produce el fruto

La historia no termina con la conversión de Lidia. La verdadera fe siempre produce evidencias visibles. Tras su conversión, v.15, Lidia y los miembros de su casa son bautizados. Ese paso obediente muestra fruto espiritual, pero aún hay más. La mujer abrió su hogar a los misioneros y mostró una hospitalidad ejemplar… no sólo a Pablo y compañía, sino a la nueva iglesia en Filipos.

La Biblia enseña que las buenas obras no son la causa de la salvación, sino su consecuencia. Así como el árbol no produce fruto para convertirse en árbol, sino que produce fruto porque ya lo es, el creyente realiza buenas obras porque ya ha sido transformado por la gracia de Dios. Por supuesto, este fruto no aparece de manera perfecta. Ningún cristiano alcanza la perfección en esta vida. Sin embargo, sí existe una nueva dirección. Un nuevo deseo creciente de obedecer a Dios, amar a los hermanos, rechazar el pecado y vivir para la gloria de Cristo. Lidia ofrece un hermoso ejemplo de esta realidad. La mujer que había llegado al río como una buscadora religiosa salió de allí como una discípula de Jesucristo. Su fe se manifestó públicamente con el fruto del bautismo, la hospitalidad y el compromiso con la recién inaugurada iglesia. Dios salva, Dios también transforma.

Hechos 16:11-15 nos recuerda que el evangelismo es una obra en la que Dios y sus siervos participan de manera diferente, pero conjunta. Es Dios quien programa las oportunidades. Sólo Él provee la salvación del corazón. Y gracias a Él el creyente produce el fruto. Pero al mismo, nuestro Señor llama hoy a su iglesia a proclamar fielmente el evangelio. Por tanto, así como te preparaste para tu primera cita, ¿estás tú preparandote para las muchas citas divinas que Dios agenda en tu camino? Si no, puedes hacer lo siguiente:

a) Conoce el evangelio. Conoce bien el evangelio Asegúrate de que eres capaz de articularlo correctamente, de comunicarlo con sencillez. ¿Podrías hacerlo? Si no estás seguro, puedes leer 1 Corintios 15:3-4.

b) Crece en amor por el perdido. Estoy convencido de que hemos rechazado muchas de las citas divinas para evangelizar porque no amamos lo suficiente al perdido… ¡pero sí más que suficiente a nosotros mismos! Pide al Señor que te dé más amor por esa persona inconversa, hasta el punto de hablarle el evangelio.

c) Sé intencional. Dirije tus conversaciones al aspectos que desemboque en el Evangelio de Jesucristo.

d) Ora por fruto. Como hemos visto, el fruto depende de Dios. Pide que, en el momento propicio, en Su voluntad, Él traiga fruto de salvación y de santificación en la vida de las personas que has alcanzado.

Conclusión

No ignores la agenda salvífica de Dios. No pases de largo de tu responsabilidad de comunicar el evangelio. Dios ha asegurado un pueblo para sí, Lidias, Cornelios… Que comenzaron como una cita divinamente agendada que, su iglesia, bien preparada y obediente, aprovechó para anunciar del amor sacrificial de Cristo.

Tan Molina

Autor Tan Molina

Es pastor de la Iglesia Bíblica de Santiago y es profesor del Seminario Berea.

Más artículos de Tan Molina