¡Nos gustan las paradojas! Una paradoja es algo que parece contradictorio o imposible, pero que al analizarlo revela una verdad profunda. Las usamos en la moda “menos es más”, en la filosofía “sólo sé que no se nada” o para describir los excesos del mundo en que vivimos “Cuantas más opciones tengo, más difícil es elegir”. En este artículo nos acercaremos a Cristo como Aquel que encarna la gran paradoja: siendo el Rey de Su pueblo (Mat. 2:2), se presentó también como el Siervo que entrega su vida por los suyos (Mat. 20:28). El “Señor de la gloria” no solo adoptó la apariencia de un siervo, sino que asumió verdaderamente la condición de siervo de manera consciente y voluntaria. Esta paradoja divina se convierte en el modelo supremo para la iglesia, mostrando cómo debe ser el servicio de los creyentes. Quien ama a Cristo, ama a Su Iglesia, y ese amor inevitablemente se expresa en el deseo de servirla como Cristo lo hace.

Antes de hacerse hombre, Jesucristo ya existía como Dios, con la misma esencia y perfecciones divinas (Fil. 2:6). Juan lo expresa con claridad cuando dice: “el Verbo era Dios” (Jn. 1:1). Al encarnarse, Jesús no dejó de ser Dios ni perdió nada de su divinidad; más bien, añadió una naturaleza humana completa a su naturaleza divina, unidas en una sola persona. Esto significa que, aunque se humilló al hacerse hombre, nunca dejó de ser el Señor. Durante su vida terrenal experimentó hambre (Mat. 4:2), sed (Jn. 19:28), tristeza (Jn. 11:35), angustia (Mat. 26:37-38) y rechazo (Jn. 1:11), pero nada de esto disminuyó su dignidad divina. Quienes tenían fe lo reconocían como Señor cuando se encontraban con Él (Mat. 3:3; 8:2, 6, 25, 16:22; Jn. 11:27; 20:28). Sus derechos como Dios seguían intactos, y aun así no vino exigiendo ser servido. En lugar de eso, se entregó voluntariamente a los suyos. Es aquí donde la paradoja resplandece: el Dios Soberano elige servir en lugar de ser servido.

Filipenses 2:5-8 presenta una visión profunda su encarnación para servir. Pablo muestra que la segunda persona de la Trinidad se despojó voluntariamente, ocultando su gloria y renunciando al ejercicio independiente de sus atributos divinos para asumir plenamente la naturaleza humana, aunque sin pecado. Esta encarnación revela su condescendencia: el Dios infinito y eterno se hizo hombre para llevar a cabo la salvación por pura gracia. También manifiesta su humillación, pues aceptó experimentar el sufrimiento, el cansancio y las consecuencias del pecado que afectan a la humanidad, a pesar de no merecerlo. Finalmente, Pablo destaca que Cristo llevó esta obediencia hasta el extremo, sometiéndose a la voluntad del Padre incluso hasta la muerte, cumpliendo así su misión mediadora y redentora.

Cuando meditamos en la paradoja del Rey que se humilla para servir como Salvador de su pueblo, entonces somos capaces de imitar a Cristo sirviendo a Su Iglesia. La paradoja de Jesucristo como Señor y Siervo sirve de ejemplo para nuestra vida de servicio en nuestra iglesia local, al menos de cuatro maneras:

1.El gozo en el servicio

El sufrimiento, el dolor y el peso del pecado no llevaron a Cristo a la amargura, porque su felicidad descansaba plenamente en el Padre. Ese gozo no anuló sus lágrimas ante la muerte de Lázaro ni su indignación santa en el templo, pero ninguna emoción dominó su voluntad ni lo condujo al pecado. El gozo cristiano es un don el Espíritu Santo que nace de promesas divinas inalterables y realidades eternas, no de circunstancias favorables. En la iglesia servimos como pecadores entre pecadores, enfrentando conflictos y dolor. Aun así, el ejemplo de Cristo debe animarnos a servir con gozo incluso en los peores momentos. Sé un siervo gozoso de Cristo que incluso en los peores momentos.

2. La sumisión en el servicio

Jesús afirmó su sumisión al Padre, tanto en lo que enseñaba (Jn. 7:16; 12: 49-50) como en lo que hacía (Mat. 26:43; Jn. 5:19, 30). Su obediencia, siendo igual a Dios, es el modelo supremo para todo creyente que desea servir correctamente. Servir a Dios implica buscar su voluntad, dirección, aprobación y corrección en cada paso. Muchos cristianos se esfuerzan en obras religiosas sin que Dios esté realmente en lo que hacen, guiados más por deseos personales que por la voluntad divina. Si queremos servir a la iglesia como Cristo lo hace debemos imitar su sumisión en todo al Padre. Debemos huir del orgullo de hacer nuestra obra para hacer la obra de Dios. Sé un siervo sujeto en todo tu padre celestial.

3. La fidelidad en el servicio

Jesús obedeció en todo al Padre completando de manera perfecta la obra que Él le había encomendado (Jn. 17:4) y esto redunda en gloria para Dios. El creyente que ame a la iglesia como Cristo la ama buscará servir en su iglesia local con esta fidelidad. Podemos definir la fidelidad como el vínculo inquebrantable de lealtad y obediencia hacia Dios. Mostraremos nuestra fidelidad al Señor completando la obra hasta el final sin negociar las condiciones de nuestro servicio. Si enseñamos, no introducimos otras enseñanzas que no sean las divinas, si obedecemos no obedecemos otras voces que no sean las de nuestro Señor. Sé un siervo fiel en medio de tu iglesia local aunque las presiones del enemigo te intenten desviar del camino y del servicio.

4. La perspectiva eterna en el servicio

Cristo servía con una visión eterna, sabiendo que sus obras terrenales tenían repercusiones celestiales (Heb. 12:2). Servir con esta perspectiva implica reconocer que el propósito supremo de toda acción humana y de la salvación es la gloria de Dios. Nuestras acciones tienen consecuencias eternas. Al servir en la iglesia local debemos considerar el impacto eterno de nuestro ministerio: la obra de eterna salvación al proclamar el evangelio o la fortaleza de los creyentes mediante las palabras de ánimo basadas en la Escritura. Sirve hoy con la mirada puesta en la eternidad.

La paradoja de Cristo como Señor y Siervo es el fundamento del servicio cristiano en la iglesia contemporánea. Al contemplar su encarnación, su entrega y su sumisión perfecta al Padre, entendemos que el servicio cristiano nace de la imitación de su carácter. Sabiendo, además, que nuestra capacidad de servir a Dios es el fruto de su intercesión actual. Él no solo nos dio el ejemplo hace 2000 años, sino que hoy presenta nuestras personas y servicios ante el Padre, haciéndolos aceptables y gloriosos a través de Sus méritos. Por eso: Imita a Cristo amando y sirviendo a tu iglesia local como Él lo hizo.

Pablo Acuña

Autor Pablo Acuña

Pablo es graduado del seminario Berea y sirve en la Iglesia Evangélica de Seixo.

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