La doctrina de la justificación siempre ha suscitado innumerables controversias a lo largo de los siglos. La mayor de ellas fue originada por Martín Lutero en el siglo XVI desembocando en la reforma protestante. Lutero fue un instrumento en manos de Dios para sacar a la luz el verdadero evangelio de la gracia. Sin embargo, luchó por entender el papel de las obras en la salvación hasta tal punto que llegó a calificar la carta de Santiago como una “epístola de paja”.

Su conflicto con las obras no fue único. Muchos otros se han tropezado con este mismo dilema. Si el apóstol Pablo afirma que “el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley” (Rom 3:28), ¿cómo es posible que Jacobo diga que “el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe” (Sant 2:24)? ¿Por qué se contradicen (aparentemente)? ¿No es sólo por la fe? ¿Necesitamos las buenas obras para ser justificados? Observamos que ambos pasajes declaran que la fe es imprescindible, pero ¿cuál es la función de las obras en la justificación del ser humano? ¿Son también indispensables?

Las obras demuestran la fe

En primer lugar, a diferencia del apóstol Pablo en Romanos, Jacobo no escribe con el propósito de enseñar cómo el hombre puede ser salvo, sino cómo el hombre demuestra que es salvo. Jacobo confronta a sus hermanos, cristianos judíos en la dispersión, respecto a su fe en el Señor Jesucristo (2:1). La fe verdadera debe de manifestarse en la manera en que se tratan unos a otros, sin parcialidad, con amor genuino. Porque ¿de qué sirve que alguien diga que tiene fe en Cristo si está menospreciando a su hermano? (2:14). Esa fe no le salva porque es una fe muerta (2:17).

Uno puede afirmar tener fe en Jesucristo, pero si esa fe no se evidencia por obras, es una fe estéril, ineficaz. Así es la fe que tienen los demonios (2:19). Ellos también creen, y tiemblan porque saben que no son justificados sino condenados. Por tanto, es posible afirmar una fe falsa. Por eso, Jacobo dice “Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (2:18). Porque es imposible evidenciar la fe sin obras. Sólo puede mostrarse por medio de las obras (1ª Jn 2:9). En conclusión, la fe sin obras está muerta, no porque la falta de obras mate a la fe, sino porque evidencia una fe muerta “en sí misma”, su propia naturaleza muerta (2:17, 26).

Las obras no cooperan con la fe

En segundo lugar, en ningún momento Jacobo presenta las obras como un medio de cooperación para nuestra salvación. Su carta no argumenta que las obras deban ser añadidas a la fe ni que éstas cooperen. Contrariamente a esto, el Concilio de Trento declara que “la fe coopera con las buenas obras”. Por lo que los católicos romanos afirman que, aunque las obras no compran la salvación, sí son requisito para salvarnos. Pero esto es falso a la luz de la Palabra de Dios. La Biblia enseña que la salvación es por gracia, por medio de la fe, y añade que no es por obras para que nadie se gloríe (Efe 2:8-9). Las obras son el resultado de la salvación. Dios nos salva, somos hechura suya, y somos creados en Cristo Jesús para buenas obras (Efe 2:10). Por tanto, las obras no cooperan para la salvación.

Jacobo afirma esto mismo al explicar que la fe actúa juntamente con las obras (2:22). Él no está diciendo que las obras actúan, sino que la fe actúa y por tanto es una fe con fruto (2:20). La fe obra y lo hace juntamente con las obras, es decir las obras corresponden a dicha fe. De este modo, la fe es perfeccionada por las obras (2:22). Esto no quiere decir que la fe siendo imperfecta o incompleta necesita de las obras para ser completa o válida delante de Dios. El verbo “perfeccionar” significa que alcanza su objetivo, su meta. Es decir, la fe cumple su propósito por medio de las obras. Así como el amor de Dios se perfecciona en nosotros por medio de nuestra obediencia (1Jn 2:5; 4:12) así también la fe se perfecciona por medio de las obras. Y así como el amor de Dios no es incompleto, así tampoco la fe, sino que ésta produce obediencia y la obediencia es su finalidad.

Las obras justifican la fe

Finalmente, Jacobo explica que el papel de las obras es justificar la fe. Y por eso nos ofrece dos ejemplos. El primero de ellos es Abraham. Él es el ejemplo supremo, considerado como el padre de la fe, tanto para los judíos como para los gentiles. El segundo es Rahab, descrita siempre como “la ramera”, una mujer gentil, pagana, prostituta de la ciudad de Jericó, conocida por su vida inmoral. Ambos ejemplos son extremos y se contrastan enfatizando que la salvación es sólo por medio de la fe, siendo las obras aquello que justifica la fe. Por eso Jacobo usa la misma expresión para ambos. Tanto Abraham como Rahab fueron justificados por las obras (2:21, 25). El verbo “justificar” no significa aquí ‘ser declarado justo’, sino vindicado justo. Santiago presenta la justificación como una vindicación de la justicia. De hecho, describe las obras como el “fruto de justicia” (3:18). Las obras no son las que le declaran justo. Las obras justifican que se trata de una fe verdadera. Las obras vindican la fe.

Esta fue la enseñanza de Jesús en reiteradas ocasiones. Jesús presentó las palabras como la evidencia o el fruto del corazón y señaló que “por tus palabras serás justificado” (Mat 12:37). Asimismo, enseñó que la sabiduría se demuestra por lo que produce y dijo “la sabiduría es justificada por sus hijos” (Mat.11:19). Es decir, se sabe que una decisión es sabia por lo que produce (sus hijos). Por tanto, Abraham no fue salvo por su obediencia a Dios, sino que su obediencia a Dios evidenció que era salvo. Y de la misma manera, Rahab (Heb 11:31). En ambos casos, sus obras justificaron que su fe era verdadera. Y por eso, Jacobo dice que “se cumplió la Escritura” (2:23). La Escritura se cumplió porque la obediencia es el fruto de justicia que revela que fue justificado por la fe.

Conclusión

En conclusión, las obras juegan un papel indispensable en la salvación. Pero no porque éstas cooperen con la fe para obtener la justificación delante de Dios, sino porque éstas demuestran la fe como un acto de vindicación. Como dijo Juan Calvino, “La fe sola justifica, pero la fe que justifica nunca está sola”.

David González

Autor David González

Pastor de la Iglesia Evangélica Teis en Vigo (España) y profesor adjunto del Seminario Berea en León (España). Tiene una Maestría en Divinidad de The Master’s Seminary. David está casado con Laura y tienen 2 hijas (Noa y Cloe).

Más artículos de David González