Fue el pasado 26 de enero que el oro marcaba el enésimo récord histórico: nada más y nada menos que 5000 dólares la onza (traducción: 31,10 gramos de oro costaron 4.200 euros). ¡Miles de euros por lo que pesa un huevo o una rebanada de pan! Seguramente que más de uno habrá buscado en casa propia y ajena intentando encontrar objetos de tan precioso metal. El precio del oro fluctúa debido a la incertidumbre económica o geopolítica: guerras, elecciones, decisiones y opiniones de líderes políticos, etc. Todo ello afecta al precio final. Como alguien dijo: «el oro es el mejor indicador de los males del mundo».
Y hablando de males. Hechos 3 muestra a un cojo de nacimiento cuyo único sustento es pedir limosna a la puerta del templo en Jerusalén. Este es el inicio de una escena que Lucas narra para exponer, no primeramente los males del mundo, que los hay ¡y muchos! sino para exhibir el poder y la excelencia de Jesucristo y de cómo la Iglesia tiene el privilegio de estar a su servicio. ¿De qué manera? Los Apóstoles Pedro y Juan están yendo al templo. Aparentemente los primeros cristianos aún iban allí a orar y también a anunciar el evangelio (3:11). De camino, ven al cojo y este les pide limosna. Lucas escribe:
«Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vista en él, le dijo: ¡Míranos! Y él los miró atentamente, esperando recibir algo de ellos. Pero Pedro dijo: «No tengo plata ni oro…»»
Uno se imagina al cojo. Sus expectativas de recibir una buena limosna cayeron más rápido que una promesa poscampaña electoral. Esperaba recibir algo de ellos, hasta que Pedro abrió la boca. El Apóstol dice: «No tengo ni plata ni oro».
– «Es broma, ¿no? ¿Se están riendo de mí? Pues espero que al menos tengas bronce, porque si no…». Quizá pensaría el cojo.
Lo que el hombre aún no sabe es que Pedro y Juan no tienen riquezas, pero sí tienen algo infinitamente más valioso y precioso que el oro y que la plata. Tienen a Cristo. Al Mesías Resucitado. Al Salvador de sus pecados. El texto continúa, v.6b: «mas lo que tengo, te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, ¡anda! 7 y asiéndolo de la mano derecha, lo levantó; al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza, 8 y de un salto se puso en pie y andaba.»
Pedro no tiene ningún poder en sí mismo. Cristo tiene el poder. Y los Apóstoles hablan confiando en el poder de Su Señor. Un Salvador más precioso que todo el oro del mundo. Un Salvador poderoso que sanó al cojo. Ahora. La escena no termina ahí. El veersículo 8 narra que el cojo entró al templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios. «Y todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios.» El mendigo ha sido completamente sanado. Pero su reacción da a entender que algo más que mera sanidad ocurrió. El hombre también fue completamente salvado (ver también el v.16). Su reacción es la de alabar al Señor dentro del mismísimo templo sin vergüenza alguna.
De hecho, Pedro utilizará esta situación para anunciar a Cristo sin temor al rechazo y sin temor a las autoridades (4:1). Y el Señor salvará a unos cinco mil (4:4). ¿Qué podemos aprender de esta situación? Permíteme articular tres aplicaciones.
1. La prioridad de la Iglesia es anunciar el Evangelio de Cristo
Pedro sabe que la iglesia es llamada a ayudar al prójimo, pero no es una ONG. Sabe que su prioridad no es la sanidad del cojo per se, sino su salvación. Es por esto que, ante el poder desplegado de Cristo al sanar, el Apóstol usa este perfecto trampolín para hacer lo que debe hacer: proclamar el Evangelio.
La Iglesia puede no tener oro ni plata, pero si tiene a Cristo, tiene lo más valioso que existe. Tiene al único que puede sanar el alma del hombre eternamente. Si Él es así de precioso, prioricemos servirle anunciando su Evangelio de Salvación en toda situación y momento, porque este es el único medio por el cual su Iglesia y su mensaje se extiende.
2. El llamado de la Iglesia es el de confiar en el plan de Cristo
Es significativo observar que el cojo se colocaba en la puerta la Hermosa. Esto implica que Jesús de seguro pasó por allí en numerosas ocasiones para entrar al templo. Ahora, ¿sabes lo que pasó con el cojo en esas ocasiones? Nada. No pasó nada. Permítaseme hablar desde el silencio, ¡quizá Jesús le dio una limosna! Con todo, me refiero a que Jesús pasaría por delante del hombre, mas no le sanó. ¿Por qué? Porque en su soberanía, el Salvador esperó al momento propicio para desplegar su poder. Cristo usó un instrumento llamado «Pedro» para sanarlo y posteriormente salvarlo. No lo hizo antes ni después.
Esto nos muestra que debemos confiar en el plan perfecto de nuestro Señor. Quizá hemos anunciado el Evangelio en repetidas ocasiones a nuestro hijo, a nuestro cónyuge, a nuestro compañero de trabajo y nada ha ocurrido. ¿Qué haremos? ¿Acaso hemos de resignarnos y abandonar? ¿Dejaremos de orar por su salvación? No. Cristo es soberano sobre la salvación y sobre el tiempo de la salvación. No desfallezcas. No te rindas de ser instrumento de Dios. Sírvele. Confía paciente en su plan. Persevera en oración y en la proclamación de su verdad.
3. La mirada de la Iglesia ha de estar puesta en lo más precioso: Cristo.
La persona más importante del texto no es Pedro ni Juan. Tampoco es el cojo. La persona más importante del texto es Cristo. Cristo es el centro de la Palabra. Y Él debe ser el centro de la vida de Su iglesia.
En una sociedad e incluso, tristemente, en iglesias que se mueven siguiendo a la celebridad de turno, la verdadera iglesia debe negarse a conformarse con alguien menos que Jesús. Si nunca nos conformaríamos con chatarra pudiendo tener oro ¿cómo es que nos conformamos con hombres si tenemos a nuestro Señor Jesucristo, el precioso Salvador y Cabeza de su Iglesia? No nos dejemos deslumbrar por las personas, ¡ni siquiera por grandes y buenos predicadores! Que Cristo sea quien nos deslumbre. Pedro lo sabía, por eso enseguida apuntó al hombre y a la multitud al admirable y único Salvador.
Por cierto. Tampoco nos dejemos deslumbrar por nuestros dones y talentos, o nuestro «gran ministerio». Cuidémonos de centrarnos más en las bendiciones de Cristo que en Cristo mismo. Pedro tampoco hizo alarde de su don de sanación. Lo hizo en el nombre de Jesucristo el Nazareno y poniendo la mirada de todos sólo hacia Él. Sirvámosle con una humildad que pone su vista en Él.
Creo que nadie haría ascos a un buen lingote de oro, ¡especialmente estos días de revalorización! Pero, con oro o sin oro, nosotros, su iglesia, tenemos el privilegio de servir a quien es fuera de toda duda, el más precioso, valioso, incomparable, inestimable e incalculable: nuestro Señor Jesucristo.
