Entre otras, el Nuevo Testamento describe la tarea del pastor con la figura de un vigilante. Pablo la usa para exhortar a los ancianos de Éfeso, en Hechos 20:28, utilizando el término “obispo” para señalar que los pastores de la congregación tienen que estar en constante vigilancia y supervisión de cada miembro de la iglesia local. También usa este término para recordarle a Timoteo los requisitos que cualifican a un pastor piadoso (1ª Timoteo 3:1-7). Pedro también usa esta misma figura para exhortar a los ancianos a que pastoreen sus rebaños, “velando” por ellos.

Es, sin duda, una excelente manera de entender el ministerio pastoral; una supervisión que busca proteger a los creyentes, especialmente de los falsos maestros. Pablo los describe como “lobos feroces entre vosotros” (Hechos 20:29). Y Pedro advierte acerca del peligro que suponen, porque “encubiertamente introducirán herejías destructoras” (2ª Pedro 2:1). Así que, no es una responsabilidad menor, y requiere una supervisión cuidadosa. El peligro es que la mentira arrase con la iglesia, y la protección es la verdad que afirma a los creyentes.

Así que, la labor de vigilar es fundamental. Pero, entonces, si el pastor tiene que vigilar, ¿quién vigila al vigilante? Es una pregunta lícita y esencial. ¿Cómo nos aseguramos de que el vigilante está realmente vigilando? ¿Cómo nos aseguramos de que el vigilante no es un lobo disfrazado? Las Escrituras nos recuerdan que hay, por lo menos, dos vigilantes que vigilan al vigilante. O, dicho de otra manera, dos maneras en las que la iglesia se protege del peligro de la falsa enseñanza.

El primer vigilante es la propia Palabra de Dios. Es notable que Pablo, tanto a los ancianos de Éfeso como a Timoteo, cuando les exhorta a cuidar de la iglesia, les exhorta primero a cuidarse de sí mismos: “Cuidad de vosotros, y de toda la grey” (Hechos 20:28), y “Ten cuidado de ti mismo, y de la enseñanza.” (1ª Timoteo 4:16). Es evidente que un buen pastor es aquel que pone especial atención a su propia vida de fe; uno que insiste en implantar la palabra de Dios primero en su propio corazón. Por eso Pablo había puesto tanto énfasis anteriormente en cuanto al carácter piadoso de un pastor (1ª Timoteo 3:1-7). Porque lo que acaba por desenmascarar a los falsos maestros es, precisamente, su “apariencia de piedad”. Finalmente, su carácter impío se acaba haciendo evidente.

Este cuidado también tiene que ver con la prioridad que el pastor le da al estudio de la Palabra. Un experto en la verdad no será fácilmente engañado con esas mentiras que “suenan” bien. Y los pastores e iglesias que no tienen en alto la prioridad del estudio y la enseñanza de la Palabra de Dios llegan a ser “presa fácil” de los expertos en tergiversar la verdad. Así que, en un sentido, el vigilante tiene que vigilarse a sí mismo al ejercer un constante control sobre su mente y su corazón. Si ama al rebaño como el Gran Pastor ama al rebaño, se va a esforzar por mantener un estricto control sobre su propia vida.

Pero aun así, las Escrituras nos enseñan que hay otro vigilante: es la propia Palabra de Dios, y es el propio pueblo de Dios. La iglesia también tiene que vigilar al vigilante. Pero, insisto una vez más… ¿De qué manera los que están siendo vigilados, vigilan a su vigilante? Pablo se lo explica a Timoteo, recordándole que los ancianos también deben recibir disciplina si no están viviendo como Cristo lo establece. Los pastores no están exentos de la disciplina bíblica. Así que, los vigilantes no están exentos de la vigilancia de la iglesia. (1ª Timoteo 5:19-25)

Entonces, ¿cómo se lleva a cabo esta vigilancia? Primero, evitando la frivolidad de acusaciones banales e infundadas (19). La vigilancia tiene que ser seria, basada en los criterios bíblicos, y planteada según los pasos que la Escritura establece. Si hay una acusación, tiene que sostenerse según lo que la palabra establece, y tiene que estar libre de subjetividad y valoraciones personales.

Segundo, tiene que ser contundente y libre de parcialidad (20-21); si se ha determinado objetivamente que la “falta es bíblica”, entonces hay que confrontar al pastor que ha pecado, para que se arrepienta sinceramente. Y, si no lo hace, entonces la reprensión habrá de llevarse al plano público. Pablo no establece un proceso diferente del que el Señor Jesús estableció en Mateo 18:15-17. Pero el apóstol entiende que la repercusión en un caso así es mayor. Por eso, advierte a Timoteo de la necesidad de no precipitarse al designar a un anciano (22). Hay una responsabilidad “compartida” de aquellos que han propuesto a un anciano que luego demuestra ser un mal vigilante.

En cuanto al pecado cometido, si llegara a confirmarse, hay casos en los que las Escrituras apuntan a una expulsión permanente del ministerio (Proverbios 6:32-33). Y en otros casos, como mínimo, tendría que establecerse un proceso escrupuloso para examinar al vigilante que ha fallado, hasta que vuelva a estar en una situación de irreprensibilidad. Con todo, esta disciplina es absolutamente necesaria. Cristo quiere una iglesia sin mancha, empezando por aquellos que deben ser “ejemplos del rebaño” (1ª Pedro 5:3). Así que, el pueblo de Dios, junto con la Palabra de Dios, ejercen la vigilancia sobre el vigilante.

Pero creo que es apropiado terminar este artículo recordando algo más que Pablo le dice a Timoteo. Porque hemos de reconocer que, más de una vez (y muchas veces tristemente), hay pastores cuyos pecados permanecen “escondidos” por algún tiempo, y cuando salen a la luz, causan un tremendo daño y dolor a la Iglesia de Cristo. Y estas situaciones nos llevan a preguntarnos si esta vigilancia realmente funciona. ¿Qué hacemos con aquellos a los que se les da bien mantener su apariencia de piedad?

Aquí está la respuesta: Pablo le recuerda a Timoteo que esto ocurre en la Perfecta y Soberana Voluntad de Dios, que en Su tiempo hace que estos pecados se hagan evidentes (24-25). Los pecados del vigilante le “persiguen”, y no podrá esconderlos por mucho tiempo. Y si la vigilancia del pueblo de Dios no parece funcionar, finalmente la vigilancia del propio Dios se hará absolutamente efectiva y evidente. Y el Señor seguirá protegiendo y purificando a Su amada iglesia. Así que, si eres un “vigilante”, sométete a la supervisión de la Palabra de Dios. Si eres un “vigilado” (todos los creyentes lo somos), confía en la supervisión de la Palabra de Dios. Y para cada uno, mi oración es que Cristo sea exaltado por medio de la santidad de Su pueblo.

Jonatán Recamán

Autor Jonatán Recamán

Pastor en la Iglesia Evangélica de Pontevedra (España) y profesor del seminario Berea (León, España).

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