Un órgano del tamaño de una patata de apenas 300 gramos de peso, de alguna manera va a condicionar el funcionamiento de todos los demás órganos. Ese órgano al que llamamos corazón moviliza al resto del cuerpo al impulsar, como si de una bomba se tratase, la sangre necesaria que el resto del organismo necesita para desempeñar sus cometidos específicos.

En el largo periodo en el que fue escrita la Biblia no existía toda la tecnología con la que contamos hoy, y la medicina ni mucho menos era lo que es la actual. Pero desde sus primeros libros los distintos autores que, movidos por el Espíritu de Dios, participan en la redacción de la Escritura va a utilizar la imagen y la ilustración del corazón como ese motor vital, como ese ordenador central de la persona, activando, impulsando e inclinando la voluntad del individuo hacia una dirección particular y no otra, hacia unos intereses particulares y no otros.

  1. Un corazón necesitado

Salomón insiste en la importancia de cuidar y vigilar el corazón cuando escribe: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Precisamente porque es en el corazón, entendido como la sala de máquinas de la persona, dónde tienen lugar todas las batallas. Es en el corazón dónde el pecado se instala, anida y maquina. Es en el corazón dónde se conciben todos los demás males. Jesús mismo lo explicó de esta manera: “lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias” (Mateo 15:18-19).

Y como resultado de nuestra condición caída, y a menos que Dios intervenga, el mal no es un lugar que visitamos de vez en cuando es la realidad en la que vivimos, nos movemos y existimos. Esto mismo que sucedía en los días de Noé,

que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal (Génesis 6:5), es lo que caracteriza a cada generación. En términos teológicos a esto se le llama: “depravación total”. Depravación total quiere decir que el ser humano, en su estado natural, ese que describe Génesis 6, vive, se mueve y existe bajo la influencia constante del pecado. Es cierto, no todo lo que producimos es pecado o cae bajo la categoría de pecaminoso, pero sí que todo lo que producimos está afectado por el pecado.

Sin embargo, gracias a Dios por Su misericordia… Porque, a pesar de quiénes somos y de cómo somos cada uno de nosotros, Él ha intervenido. Y lo ha hecho al abrir, no simplemente las puertas de un arca, como hizo con Noé, sino directamente las puertas del Cielo. La Palabra de Dios nos confirma que el Dios Santo y glorioso envió a su Hijo amado para buscar y salvar a los que se habían perdido (Lucas 19:10). ¿Cómo? Colocando un corazón de carne allí dónde solamente había un corazón de piedra en el interior de todos aquellos que se arrepienten de sus pecados y se aferran a Cristo, creyendo que solamente Él tiene la autoridad y la capacidad de trasladarnos del reino de las tinieblas en el que vivíamos al de Su amado Hijo (Ezequiel 11:19; Hechos 4:12; Colosenses 1:13).

  1. Un corazón transformado

A las personas que han recibido un órgano se les conoce como “trasplantado” o “beneficiario”. Pero ¿sabes qué? en términos espirituales, todos los creyentes somos “trasplantados”, todos somos “beneficiarios”. Porque un día el corazón con el que nacimos fue reemplazado por un nuevo corazón: uno que palpita como el suyo; uno que ama lo que Él ama; uno que busca lo que Él busca; uno que se deleita en ver a las almas volverse a Dios en arrepentimiento y fe, como Dios se deleita en ver a las almas volverse a Él en arrepentimiento y fe (Ezequiel 36:22-28; Tito 3:3-7, Colosenses 3:1-17; Efesios 4:17-24).

La comisión de hacer discípulos que Jesús confía a los suyos justo antes de su ascensión a los cielos en Mateo 28, bautizándoles (lo que implica proclamarles el Evangelio para conversión) e instruyéndoles (lo que implica enseñarles la Escritura de manera constante y sistemática), está dirigida a todos sus seguidores, no solamente a los apóstoles. De haber sido así todo habría terminado con la muerte de los que acompañaron al Señor en aquella ocasión. Eso no significa que no existan determinadas funciones específicas para algunos de los discípulos de Cristo. Por ejemplo, en el capítulo 4 de Efesios, Pablo habla de pastores, maestros y evangelistas, quiénes tienen la responsabilidad de capacitar a los santos. ¿Capacitar a los santos para qué? Efesios 4:11-16 nos proporciona la respuesta a esta pregunta: a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error;  sino que hablando la verdad en amor, crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir, Cristo, de quien todo el cuerpo (estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen), conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.

Capacitar a los santos, a todos los santos, precisamente para que sean ellos, cada uno de ellos, los que puedan llevar a cabo la obra del ministerio. Porque no se trata de la tarea de algunos, del esfuerzo de unos pocos. Como al pastor Alex Montoya le gusta decir: “los miembros de la iglesia son los ministros de la iglesia, porque son ellos los que han de llevar a cabo la obra del ministerio”. Y esa obra del ministerio comprende dos aspectos por encima de todos los demás: la evangelización de los perdidos y la edificación de los creyentes. ¡Exactamente los mismos dos aspectos ordenados por Jesús en Mateo 28:19 y 20!

Un corazón transformado es un corazón misionero, un corazón comisionado y capacitado para la misión, la misión de hacer discípulos. ¿Es esto lo que caracteriza a tu propio corazón? ¿Es esto lo que te ocupa y lo que te preocupa? ¿O tienes otros intereses, otras prioridades? Ahora es un buen momento para revisar el estado de tu corazón, y confirmar que cuentas con uno que ha sido verdaderamente transformado por Dios.

 

Heber Torres

Autor Heber Torres

Director del Certificado de Estudios Bíblicos. Profesor de exégesis y predicación en Seminario Berea. Pastor de Redentor Madrid.

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