Cuando el profeta Isaías vio a los serafines dar voces diciendo «Santo, Santo, Santo» se estremeció y fue plenamente consciente de su pecado y del pueblo de Judá (Isa. 6:2). La visión de la majestuosa santidad de Dios deja en evidencia cuanta diferencia hay entre Dios y nosotros. La santidad divina no significa simplemente «no tener pecado» sino que describe también, la plena rectitud de la naturaleza divina.  Posiciona a Dios como absolutamente distinto y superior a sus criaturas, apartado y dedicado exclusivamente para Su gloria.

Esta idea de separación es clave para comprender la santidad de Dios y, también, para comprender nuestro llamado a ser santos como Él es Santo (Lv. 11:4; 1 Pd. 1:15-16). Por un lado, Dios, en un acto soberano, nos saca de nuestra situación de muerte y esclavitud del pecado y nos posiciona junto a Él para Su gloria (1 Pd. 1:24). Esta es una obra plenamente divina. Pero, por otro lado, la santidad también es el proceso continuo durante toda nuestra vida en la cual somos transformados a la imagen de Cristo, la imagen de Dios (Col. 1:15). Este proceso es responsabilidad del creyente, el cual, con la guía del Espíritu Santo, debe apartarse de la forma de vivir, en todas las facetas de su vida para ser dedicado para la gloria de Dios.

Llegado este momento quizás te preguntes, pero ¿es esto posible? ¿Puedo ser santo mientras vivo en medio de este mundo de pecado? El apóstol Pedro era consciente de la tremenda dificultad que es para los cristianos ser santos en medio de la sociedad en la que viven. Por eso, a los creyentes expatriados, les escribe su primera epístola para animarlos a batallar por la santidad en sus vidas. En los versículos 13 al 15 del primer capítulo Pedro te va a señalar cuatro batallas que tienes que luchar en tu vida para vivir de una manera santa.

1. La batalla en tu mente

«Ceñid vuestro entendimiento para la acción» (v. 13): Debes prepararte para realizar un esfuerzo arduo, plenamente consciente, continuo y hasta el final en tu mente. Dios ha transformado tu corazón y el corazón actúa como el centro de operaciones del ser humano. Con un corazón transformado el ser humano está habilitado para apropiarse de la sabiduría de Dios revelada en la Escritura. Es aquí donde debes ceñirte el entendimiento, o sea prepararte para luchar, para que la sabiduría de Dios sea la que dirija tu manera de pensar. Vives en el mundo de las ideas contrarias a Dios. Así que lucha para que tu manera de pensar esté fundamentada en la sabiduría de Dios y no en la de este mundo. Sólo así podrás vivir de una manera santa, con una mente apartada del pecado y dedicada a la gloria de Dios.

2. La batalla en tu cuerpo

«Sed sobrios» (v. 13): Ninguna de estas batallas se lucha en solitario sino que las victorias, o derrotas, tendrán consecuencias en las demás. La lucha por tu mente tiene una gran relevancia para la batalla en tu cuerpo. El término sobrio hace referencia al dominio propio. A la capacidad de no dejarnos dominar por nuestros deseos. Debes luchar contra los deseos de tu cuerpo para no dejarte arrastrar por ellos cuando te quieran llevar lejos de Dios. Pablo le dice a Timoteo que «huya» de sus pasiones juveniles a la vez que «sigue la justicia, la fe, el amor y la paz» (2 Ti. 2:22). Domina tu cuerpo poniéndolo al servicio de la sabiduría de Dios sólo así podrás vivir de una manera santa, con un cuerpo apartado del pecado y dedicado a la gloria de Dios.

3. La batalla en tu esperanza

«Esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado» (v. 13): La esperanza es el motor que mueve tu acción. El creyente debe vivir con la mente puesta en el regreso de Cristo. Cuando vives con la mente puesta en este mundo las acciones, pensamientos y deseos serán de este mundo, lejos de Dios y de Su gloria. En cambio cuando vives amando el regreso de Cristo (2 Ti. 4:8) todo lo que hagas y sufras en esta vida lo harás bajo el prisma de la gracia que disfrutarás cuando Cristo, tu Señor, regrese. En tu vida puedes caer en el desánimo, o en el desaliento pero el glorioso regreso de Cristo te permite vivir en esperanza. Pon tu esperanza en Cristo, sólo así podrás vivir de una manera santa, con una esperanza apartada del pecado y dedicada a la gloria de Dios.

4. La batalla de la forma

“…no os conforméis” (v. 14): Conformarse es adaptarse a un patrón externo. La sociedad en la que vives siempre buscará que te adaptes. Que pienses, te vistas y te expreses a su manera. Que escuches su música, leas sus libros y veas sus películas para que te amoldes a sus ideas, pensamientos y métodos. En cambio Pedro te enseña que debes huir de los moldes que este mundo te ofrece y debes buscar otra forma, la forma de Dios. La base para la santidad del creyente es el llamamiento de Dios. Él te llamó a salvación haciendo posible que nacieras a una nueva vida en Cristo. La consecuencia es lógica: ahora debes vivir siendo consciente del llamado de Dios y por tanto toda tu vida debe estar dedicada a su gloria. La santidad debe empapar toda tu manera de vivir. Debes luchar para ser santo en toda tu existencia, en tu matrimonio, trabajos, servicio en la iglesia, debes vivir para la gloria de Dios. No te dejes dar forma por el mundo sino imita a Cristo en tu manera de sólo así podrás vivir de una manera santa, con una mente apartada del pecado y dedicado a la gloria de Dios

Respondiendo a la pregunta que te has hecho al comenzar ¿Puedo ser santo viviendo en un mundo lleno de pecado? La respuesta es sí, pero debes ser esforzado y valiente para luchar en cada área de tu vida, dirigido por el Espíritu Santo, ciñendo tu mente, siendo sobrio, poniendo tu esperanza en Cristo y no amoldándote al mundo. Toda tu existencia debe ser un acto consciente de separarte del pecado para dedicarte a la sabiduría de Dios, y así vivir una vida santa para Su gloria. Sé santo como Dios es santo.

Pablo Acuña

Autor Pablo Acuña

Pablo es graduado del seminario Berea y sirve en la Iglesia Evangélica de Seixo.

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