Hace unas semanas leía un artículo cuyo autor defendía la importancia de la fe, pero sin necesariamente tener que “ponerla en una institución”. Este pensamiento forma parte de una corriente actual que valora la fe y la espiritualidad, pero rechaza a la Iglesia o las instituciones religiosas. Como también se dice, “Creo en Jesús y en la Biblia, pero no en la iglesia.”

Este artículo me hacía pensar en el estado actual de la Iglesia en general, y las iglesias evangélicas en particular, porque esta corriente, me temo que también está llegando a las nuestras. Y es cierto que, en algunos casos, tristemente la propia Iglesia está promoviendo esta manera de pensar. Pero el problema no es la Iglesia que Cristo estableció, y la que prometió guardar y preservar firmemente (Mateo 16:18). El problema es esa iglesia que se presenta como “cristiana”, pero que no refleja a Cristo.

Esta es la razón por la que necesitamos plantar iglesias. El Señor prometió edificarla. Sus apóstoles establecieron el fundamento con la enseñanza que recibieron de Cristo. Y nosotros hoy, no solo debemos seguir con la misión de hacer discípulos, sino que debemos seguir plantando iglesias por la preocupante situación de las iglesias. Por eso, en este artículo, quisiera mencionar 5 preocupantes realidades en la iglesia actual, que nos desafían a seguir plantando iglesias.

1. La iglesia desconoce a Dios

En muchos casos, Dios ha dejado de ser el centro, y la meta. Quizá se utiliza la expresión “para la gloria de Dios”, pero luego no se hace aquello que realmente glorifica a Dios. Y conocerle profundamente ha dejado de ser una prioridad, porque pensamos que conocerle profundamente “no es práctico”, no nos ayuda “en el día a día”. Sin embargo esto es un grave error, y el mismo Dios anuncia por medio del profeta Jeremías que, “el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce…” (Jeremías 9:23-24).

2. La iglesia desprecia la Palabra de Dios

Para muchos, la Palabra de Dios ha dejado de ser suficiente y eficaz. Y entonces es necesario añadir de la sabiduría humana, para cuestiones importantes de la vida en las que se piensa que la Biblia no tiene nada que decir. Y la grave implicación está en presentar a un Dios que necesita ayuda. Un Dios que necesita consejo. Así es como una iglesia acaba presentando a un Dios débil. Pero el apóstol Pablo tira de ironía para recordarles a los Corintios que, “la necedad de Dios es más sabia que los hombres.” (1ª Corintios 1:25)

3. La iglesia distorsiona el mensaje del Evangelio

En muchos casos, el mensaje central y crucial de Cristo se maquilla para tratar de que sea aceptado. Y por falta de fe y de reverencia, se presenta un mensaje editado y diluido, para que los que en las Escrituras son descritos como enemigos de Dios, ciegos espirituales, y muertos en nuestros delitos y pecados, acepten un mensaje que les permite seguir con su vida como a ellos les parece, añadiendo a Jesús para aquello en lo que piensen que les puede ser útil. Este mensaje maquillado está muy lejos del que Jesús precisamente nos encargó, el de hacer discípulos, lo cual implica lealtad y obediencia absoluta a Cristo, no para que Él nos salve, sino porque Él nos ha salvado de las consecuencias de nuestros delitos y pecados, y nos ha curado de nuestra ceguera espiritual, y nos ha reconciliado con Dios.

4. La iglesia se está distrayendo del plan de Cristo

Para muchos, la prioridad de la iglesia es la ayuda y la justicia social, y las reuniones giran en torno a actividades que fomenten la comunión. Alguno podría preguntar, “¿Qué hay de malo en eso?”. Pues que, para aglutinar al mayor número posible en esa comunión, se rebaja el estándar de unidad que Cristo estableció en la fe, en la doctrina, en la enseñanza (Efesios 4:11-16). Y de esta manera, el principal ministerio que la iglesia tiene, y que Cristo estableció, el ministerio de la Palabra, acaba siendo desplazado. Pero, no es posible que el discípulo de Jesucristo sea discípulo de Jesucristo, si no se le enseña “a guardar todo lo que Él nos ha mandado.” (Mateo 28:19-20).

5. La iglesia devalúa la importancia de la obediencia a Cristo

No podemos refutar las críticas contra la iglesia evangélica, cuando nos acusan de ser como el resto de las personas, o de las religiones, si en realidad vivimos como el resto de las personas. No podemos desmentir las acusaciones de pecado, cuando no somos la luz del mundo, ni estamos viviendo según “las obras que Dios preparó de antemano, para que anduviéramos en ellas.” (Efesios 2:10) Si decimos que Cristo nos ha cambiado, pero no vivimos en sumisión a Él, ridiculizamos Su poder y Su victoria sobre el pecado. Si proclamamos la necesidad de ser santos y piadosos, pero no practicamos la disciplina bíblica (Mateo 18:15-18), somos “dignos” representantes de la hipocresía.

Conclusión

Por supuesto que no ponemos nuestra fe en la Iglesia. Pero profesar fe en Cristo y no promover la institución que Él estableció y prometió edificar, es una completa contradicción… La Iglesia, que es “columna y sostén de la verdad” (1ª Timoteo 3:15). La Iglesia, cuyos miembros resplandecen “como luminares en medio de una generación torcida y perversa” (Filipenses 2:14-15). La Iglesia, que no se avergüenza del Evangelio, “porque es poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16). La Iglesia que anuncia “las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1ª Pedro 2:9). La Iglesia que “ni aún las puertas del Hades prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

Jonatán Recamán

Autor Jonatán Recamán

Pastor en la Iglesia Evangélica de Pontevedra (España) y profesor del seminario Berea (León, España).

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