Si te has criado en España como yo, probablemente habrás escuchado de boca de tus profesores: «Porque lo digo yo, y punto». Y si tuviste una profesora de inglés como la mía, remataría su «argumento», con voz ronca de fumadora empedernida, con un desagradable: «Shut up!» (cerrad la boca).
Si he conseguido lo que buscaba, deberías estar preguntándote qué tienen que ver las crónicas de mi juventud con el servicio gozoso. Te diría que, a veces, los cristianos reducimos nuestra visión del servicio a un mero «porque Dios lo dijo, y punto». Así que cerramos la boca y servimos. Una perspectiva no muy lejana a la de mis profesores en mi «tierna» infancia. Y es verdad: debemos servirle porque somos Sus esclavos. Eso debería ser razón suficiente. Pero la Escritura presenta otras razones igualmente importantes. Cuando contemplamos el tapiz completo, descubrimos motivos para servir al Señor con gozo.
No podemos desarrollar en una entrada de blog una teología bíblica del servicio, pero sí considerar dos aspectos que amplían esa perspectiva verdadera, aunque incompleta, de que Él es nuestro Amo y nosotros somos siervos inútiles.
El primero es la gracia. La misma gracia que Dios manifestó al salvarnos se manifiesta también al permitirnos servirle. El ministerio es un regalo inmerecido. Pablo lo entendió y por eso daba gracias a Cristo Jesús por haberlo puesto en el ministerio (1 Tim 1:12). La palabra traducida como «ministerio» es diaconía, es decir, servicio. Es la misma que aparece en Efesios 4:12 cuando habla de capacitar a los santos para la obra del ministerio (del servicio). Aunque Pablo se refiere a su propio llamamiento, este principio alcanza también nuestro servicio, ya que todos administramos la gracia recibida de Dios (1 Ped 4:10).
¿Por qué digo que servir es una obra de Su gracia? Los versículos 13 y 14 presentan el contraste: Pablo había sido blasfemo, perseguidor y agresor. ¡Había intentado destruir a la iglesia de Cristo! ¿Cómo era posible que alguien así de despiadado terminase sirviéndole? La explicación era la gracia de Dios: «Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante» (1 Tim 1:14). Si el pecado de Pablo abundó hasta lo sumo, la gracia sobreabundó «hasta el infinito… y más allá». Dios no sólo salvó a aquel pecador como ejemplo de Su paciencia; además, lo puso al servicio de los santos.
Si servir a Dios es un regalo de Su gracia, la respuesta natural —o, mejor dicho, sobrenatural, fruto de la vida que nos da el Espíritu— debería ser el gozo. Lo planteo de otra manera: ¿conoces a algún creyente al que reconocer la gracia de su salvación le produzca amargura y desencanto? No he encuestado a todos los salvos de la historia, pero me atrevo a aventurar la respuesta. Cuando venimos a los pies de Cristo, reconocemos que no merecemos nada bueno de Él. Merecíamos el infierno y, sin embargo, Él nos dio la vida natural para que, en el día que había ordenado, recibiésemos la vida espiritual. Al recibir ese regalo inmerecido, saboreamos la gracia de Dios. Y ese manjar nos llena de gozo. Pues bien, si servir a Cristo es también un regalo de Su gracia, ¿por qué no responder con ese mismo gozo? Entender la gracia de Dios en el ministerio nos ayudará a perseverar aun cuando lleguen el cansancio y el desánimo.
El segundo aspecto es la humildad, que se desprende del anterior. Ninguno sirve a Cristo porque se lo haya ganado. Nuestras capacidades, disciplina de estudio o sacrificio no nos hacen merecedores de ese privilegio. Somos vasijas de barro, siervos inútiles. Y, a pesar de ello, Él nos honra y nos concederá alabanza por nuestro servicio (1 Cor 4:5).
Pero es Él quien concede esa honra; nosotros sólo somos Sus esclavos. Por tanto, no nos corresponde exigirla, ni luchar por nuestra propia gloria, o vivir para engrandecer nuestro nombre. El siervo vive para la honra de su amo. Y nuestro Amo es Cristo. Por eso, en última instancia, el ministerio gira en torno a Él. Como dijo Juan el Bautista: «Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Juan 3:30). Cuando el sol brilla, las estrellas dejan de verse. Así, la luz de Juan debía apagarse frente al esplendor de Cristo. Si entre los nacidos de mujer no se había levantado nadie mayor que Juan (Mat 11:11), y aun así era necesario que disminuyese, ¿cuánto más nosotros?
Nuestro servicio debe llevar a los demás a ver a Cristo en nosotros, y no a nosotros mismos. La gente debe asombrarse de Él y no de nuestras capacidades o incluso el servicio. Servimos como esclavos para que los demás se alcen sobre nuestros lomos, tirándonos contra el suelo, para que alzados sobre nosotros ellos estén más cerca de Cristo. Al fin y al cabo, Jesús es superior. Él es digno de toda honra y gloria. Nuestro trabajo es dirigir a otros a este grandioso Señor.
Quien entiende que sirve por gracia tiene razones para hacerlo con humildad y gozo. Un corazón humilde no hará depender su alegría del reconocimiento ajeno, de que le den las gracias o de que alguien se dé cuenta de todo lo que hace. Lo que cautiva a ese corazón es el deseo de que los demás perciban el aroma de Cristo en su vida y servicio. Cuando aquellos a quienes sirve contemplan a Cristo, ese siervo rebosa de gozo, porque su Señor está siendo glorificado en ellos. Y si nuestro servicio ayuda a otros a contemplar Su gloria, ¿qué importa que nadie recuerde nuestro nombre? ¡Qué gozo saber que otros hermanos recuerdan el Suyo!
