El lugar de la predicación en la vida de la iglesia está en entredicho. Y es que la idea de que ciertos individuos se erijan como voz autorizada delante de la asamblea resulta cada vez más impopular. Muchos dudan de que el texto bíblico contenga una única interpretación verdadera. Y para un número creciente de personas, el expositor no deja de ser un sujeto con opinión propia como cualquier otro. Algunos predicadores se disculpan al subir al púlpito (si es que todavía existe tal cosa) y advierten a su audiencia de que no es su intención ofenderles ni contradecirles.

Y mientras todo esto sucede, no pocos oyentes están más preocupados por la duración del sermón que por su contenido.

¿Qué importancia tiene la predicación para la iglesia? ¿Cuál es verdaderamente el papel del predicador?

Con los años, las congregaciones se han visto “enriquecidas” con todo tipo de ministerios. Muchas de nuestras reuniones son todo un despliegue de talento musical y recursos tecnológicos. Pero el peso de la exposición bíblica, en general, se ha visto reducido tanto en tiempo como en influencia. ¡Hasta los anuncios despiertan mayor interés!

Sin embargo, vemos en la Escritura que la predicación es vital para la salud espiritual de la iglesia, la capacitación del pueblo de Dios y la salvación de los perdidos. La Palabra de Dios debe ser proclamada de forma fiel por aquellos que han sido encomendados a tal propósito. Porque este no es solo el deseo, sino la instrucción de Dios para Su pueblo.

El COMPROMISO del predicador

Por sí mismo y en sí mismo el predicador no tiene ni la prerrogativa ni el derecho de afirmar nada que no sea parte integral del texto bíblico. Su opinión no es más válida que la de cualquier otro. El predicador no es más (ni es menos) que un mensajero del Altísimo, y su cometido se limita exclusivamente a proclamar lo que le ha sido encomendado. En su discurso no tienen cabida ni sus apreciaciones ni sus preferencias personales, pero aquello que forma parte del texto ha de comunicarlo incondicionalmente (2 Timoteo 4:1–5). Es por eso que en 2 Timoteo 2:15, el apóstol Pablo recuerda a Timoteo la importancia de ser diligente en su estudio y preciso en su exposición, porque lo contrario sería motivo de vergüenza y descalificación. Se trata de un privilegio inigualable y sagrado, que demanda estudio, esfuerzo, ahínco, dedicación, dependencia del Espíritu y temor reverente.

La CONFIANZA del predicador

La Palabra de Dios es el medio que Él utiliza para salvar (Romanos 10:17) y santificar a Su pueblo (Juan 17:17). Y Él ha dado algunos hombres la responsabilidad de proclamarla con el fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Aquel que ha sido llamado a predicar o enseñar la Biblia descansa plenamente en que lo que predica no son palabras de hombres, sino Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13). Aquel que ha sido llamado a predicar o enseñar la Biblia lo ha de hacer con el convencimiento de que toda Escritura es inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16). Es por eso que puede hablar, exhortar y reprender con toda autoridad, sin temor a que nadie le menosprecie (Tito 2:15). De manera que sus opiniones o las de su audiencia, sus experiencias o las de su audiencia, sus circunstancias o las de la audiencia no pueden determinar ni condicionar lo que el texto dice. Pero tampoco lo que él ha de proclamar. Y es que el hombre de Dios lo es en tanto en cuanto sea fiel en su exposición de la Palabra de Dios (1 Corintios 4:2).

La COMISIÓN del predicador

Tito 2:1 comienza con una comisión explícita de Pablo a su discípulo: “Tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina (2:1). Este llamado a transmitir la sana doctrina no se reduce a la elaboración de argumentos elocuentes o simpáticos para una audiencia particular. Sino que tiene por objeto, y persigue como resultado, la madurez de los creyentes, sin importar su edad o condición personal. La enseñanza fiel apunta siempre al crecimiento piadoso de los hijos de Dios. Pablo concluye que, siendo fiel a este respecto, la Palabra de Dios no es blasfemada (2:5), el adversario no tiene nada que decir de nosotros (2:8) y la doctrina de Dios nuestro Salvador es adornada en todo (2:10).

No importa el momento histórico en el que nos encontremos, la exposición de las Escrituras es siempre relevante, porque predicamos a Cristo y éste resucitado, y esto es siempre relevante (1 Corintios 2:2). Esta ha sido la instrucción para la Iglesia de Cristo desde su nacimiento (Hechos 2:42). Esta ha sido la única capacidad específica demandada de cualquiera llamado a servir como anciano (1 Timoteo 3:2). Y esta será la principal cuestión por la que un día seremos juzgados delante de Dios (Santiago 3:1).

Que el Señor levante una generación de predicadores fieles, constantes y entregados, dispuestos a vivir piadosamente porque aman al Señor. Hombres que tiemblen ante la Palabra de Dios y la prediquen en el poder del Espíritu Santo, con pasión, urgencia y convicción (1 Timoteo 6:11–16).

Todo para la gloria de Cristo.

Heber Torres

Autor Heber Torres

Es pastor en una iglesia en Madrid (España) y profesor del Seminario Berea (León, España)

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