Algunos contemplan la oración como una especie de lámpara maravillosa por medio de la cual van a alcanzar los deseos de su corazón. Posiblemente no le pidan a Dios un “chalet” en primera línea de playa o un deportivo último modelo… Pero sí una buena salud para uno mismo, o para sus hijos; un buen trabajo para uno mismo, o para sus hijos; ¡o cualquier otra cosa! Nada necesariamente pecaminoso, pero sin mayor finalidad que satisfacer lo que interpretamos como una necesidad o una preferencia. Otros, en cambio, solamente se acercan a Dios ante grandes emergencias, esperando que Él resuelva lo que ellos no han podido solucionar. Pero, ¿es esto todo lo que la oración nos ofrece?

1. Cuando oramos confesamos nuestra dependencia de Dios.

La Biblia nos enseña que Dios ha diseñado la oración como algo más que una máquina expendedora o un chaleco salvavidas. Aquel que lo conoce todo aún antes de que las palabras salgan de nuestra boca no necesita que nosotros le entreguemos una solicitud detallando nuestra situación particular (Salmo 139:4). Pero anhela que vivamos en dependencia suya y, entre otras cosas, usa la oración para recordarnos quién está al control de todo. Él es poderoso para obrar aun más abundantemente de lo que pensamos o sabemos. Pero como un Padre amoroso, se deleita en que los suyos acudan ante Su Trono celestial reconociendo que todo lo que somos y tenemos todo procede de Él. Jesús mismo lo expresó así: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O qué hombre hay entre vosotros que si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pescado, le dará una serpiente?  Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?  (Mateo 7:7-11)

2. Cuando oramos conformamos nuestra voluntad con Dios.

Cuando el Maestro enseñó a orar a sus discípulos incluyó un elemento verdaderamente transformador: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10). Este mundo no es lo que debería ser. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo… se producen injusticias a todos los niveles, incluido también lo que atañe al individuo. Es evidente que no todos los habitantes del planeta se han rendido ante la voluntad de Dios. Por eso, debemos orar para que llegue el día en el que la voluntad de Dios se respete en esta tierra tanto como lo es respetada en el cielo. Comenzando por nosotros mismos. Hasta que, en palabras del salmista, “todos los reyes se postren y todas las naciones le sirvan” (Salmo 72:11).

Dios usa la oración para alinear el corazón del creyente con Su propio corazón. Nuestros deseos con sus deseos. Nuestros anhelos con sus anhelos. Y cuando oramos de esta manera, nuestra vida cobra un sentido y una trascendencia inigualable. Supera los tiempos y la experiencia propia que nos haya tocado vivir. Y alcanza un valor y un significado único y glorioso. Porque, entonces, no solamente disfrutamos del cuidado de un Señor bondadoso, sino que venimos a ser instrumentos de Dios en el mundo.

3. Cuando oramos comprobamos nuestra devoción por Dios.

Jesús hizo de la oración una prioridad durante su vida aquí en la tierra (Marcos 1:35). Y esa debería ser nuestra actitud frente a la oración (1 Tesalonicenses 5:17). Cristo mismo así nos lo enseña (Lucas 22:40). Y el Nuevo Testamento nos exhorta a ello (1 Timoteo 2:1-3). Pero hay algo más: por medio de la oración disfrutamos de una plena comunión con el Dios vivo y verdadero. Por eso, nuestro actitud frente a la oración dice mucho más de nosotros de lo que podemos pensar. ¿Quieres saber cuáles son tus intereses más profundos? Revisa tus oraciones. ¿Quieres saber lo que te preocupa realmente? Analiza tus oraciones. Posiblemente no existe mejor herramienta para entender qué creemos acerca de Dios que examinar qué oramos y cómo oramos. Nuestra doctrina, nuestra visión de Dios y cosmovisión del mundo, nuestras expectativas y deseos… ¡todo ello se refleja en nuestras oraciones!

El predicador inglés J.C. Ryle escribió lo siguiente:

“Puede que tus conceptos doctrinales sean correctos. Puede que tu amor hacia el protestantismo sea ardiente e inequívoco. Pero, a pesar de ello, todo esto puede no ser más que conocimiento racional y parcialidad. La gran cuestión es esta: si eres capaz de hablar con Dios, además de hablar acerca de Dios”.

Si una pandemia global con confinamiento extremo incluido no te ha movido a ponerte de rodillas ¿qué más necesitas que ocurra en tu vida para comenzar a orar? Nuestro corazón es una fábrica de excusas y siempre encontrarás alguna razón para posponer tu tiempo de oración. Sin embargo, en este día te digo: ¡No esperes más! Deja lo que estás haciendo y ora. Aparta un momento en tu ajetreada agenda para dirigirte al Señor del universo ¿crees que podrás concederle una audiencia? Confiesa tu negligencia en esta área y pídele al Señor de Su ayuda. Y entonces persevera. Resiste la tentación y busca a Dios en oración cada día, todos los días. Si aquel que es Uno con el Padre fue bendecido en su tiempo de oración, ¿cuánto más lo seremos tú y yo?

Heber Torres

Autor Heber Torres

Es pastor en una iglesia en Madrid (España) y profesor del Seminario Berea (León, España)

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