1 Corintios 13:4-7

El amor es una virtud esencial del cristianismo, hasta tal punto que no existe un cristiano que no ame. Por eso el apóstol Juan enseña que si alguien profesa ser creyente pero no ama a su hermano es un mentiroso que realmente no ha conocido a Dios (1 Juan 4:8, 11, 19-20). Siglos después, el escritor J.C. Ryle ilustró esta misma idea con estas palabras: «Debemos darnos cuenta de que nuestro Señor no dijo que la evidencia de ser Su discípulo son los milagros, o dones espirituales… sino que es amar… si no amamos… no somos verdaderos cristianos».[1]Si el amor es tan importante para el creyente es necesario definirlo bíblicamente. Para ello no hay mejor pasaje que 1 de Corintios 13:4-7, en el cual Pablo describe el amor entre hermanos necesario para el servicio mutuo en la iglesia a la hora de ejercer el don espiritual.[2]

La primera característica del amor es que «es paciente», es decir, recibe la ofensa sin buscar represalias. Esta palabra se utiliza en referencia al hombre que después de haber sufrido una afrenta, aunque tenga la capacidad de vengarse, no lo va a hacer. La idea es similar a la de un perro domesticado que nunca atacará hagan lo que le hagan. Si el creyente ama de esta manera lo último que deseará será morder a los hermanos que le ofenden.

El amor también «es bondadoso», esto es, busca el bien de quienes le hacen daño. Las relaciones entre cristianos cambiarían drásticamente si cada vez que nos ofendiesen, en lugar de pensar: «¿Cómo se atrevió a decirme tal cosa»” respondiésemos: «¿cómo podríamos beneficiar a la persona que nos ofendió?» ¿Acaso Cristo no respondió así? Él no se bajó de la cruz, sino que, buscando el bien de los suyos, murió para que los que creen en él, siendo Sus enemigos, puedan ser perdonados. ¿Por qué? Porque los amó con un amor paciente y bondadoso. El mismo amor que sus discípulos deben practicar.

La lista continúa, y el apóstol afirma que el amor «no tiene envidia». Un hermano que ama no se cela de los dones o posición en la iglesia de los demás porque, en última instancia, busca la edificación de todos, aunque no sea por medio de él. Pero en el caso de que un cristiano este siendo usado por Dios, necesita recordar que «el amor no es jactancioso, no es arrogante». La jactancia alardea delante de otros, busca el aplauso de la gente, pero no necesariamente se cree que es mejor que los demás. Sin embargo, la arrogancia sí se lo cree. Es una visión exagerada de uno mismo que relega a Dios a un segundo plano, creyéndose indispensable para la iglesia. Sin embargo, el amor no actúa de esa manera.

Debido a que el amor no es jactancioso, ni arrogante, «no se porta indecorosamente». Una conducta indecorosa critica a los demás porque piensa que lo podría hacer mejor, y por eso busca avergonzarlos en público, es decir, ser indecoroso. En este caso, estaría buscando su propio interés, pero «el amor no busca lo suyo», sino que sacrifica sus derechos por el bien de los demás. Esto significa que los intereses de nuestros hermanos se convierten en los nuestros. De tal modo que, nuestro deseo es buscar el bien de ellos, y, por lo tanto, el amor «no se irrita». Si nuestra única expectativa es amar a los demás, no nos irritaremos, en otras palabras, no explotaremos en ira, sea tanto por un segundo, como horas, días o meses. En palabras de Crisóstomo: «El riesgo de que el amor se irrite, es el mismo riesgo de que una chispa provoque un incendio en el mar».[3] Si el amor no busca lo suyo, no explotará cuando no lo consiga, ni será vengativo si otros se lo impiden. De ahí que Pablo diga que el amor «no toma en cuenta el mal recibido». El amor no dice: «perdono, pero no olvido», sino que se esfuerza en no guarda un registro de las ofensas recibidas. Igual que Dios al prometer que no recordará más el pecado de los salvos. El amor que se debe manifestar en la iglesia tampoco «se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad». Si amamos no nos alegraremos cuando se habla injusta o falsamente acerca de otro hermano, sino que la nuestro deleite será hablar la verdad acerca de nuestros hermanos en Cristo. ¿Y cuál es esa verdad? Versículo 7: «el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

El amor cubre multitud de pecados porque todo lo cree, es decir, piensa lo mejor de la otra persona. Pero cuando no es posible pensar así, porque ese mismo hermano le ha dañado una y otra vez, entonces el amor todo lo espera. Espera que el Espíritu haga Su obra en el corazón de ese creyente, y confía en que será completada en el día de Cristo Jesús. Por eso todo lo soporta, o sea, persevera amando a ese hermano. En otras palabras, a la luz del versículo 7, regocijarse en la verdad es alegrarse en que la gracia de Dios nunca fracasará en la vida de un creyente. Por lo tanto, la única respuesta es amar a nuestros hermanos, aun cuando nos ofenden, porque estamos seguros de que llegará el día cuando nunca más nos harán daño, porque serán transformados a la imagen y semejanza de Cristo.

Así es cómo debemos relacionarnos unos con otros. Parece imposible, pero el apóstol Juan afirma en 1 Juan 4:19 que debido a que Dios nos amó primero, tal y como demostró Jesús en la cruz del Calvario, podemos amar a nuestros hermanos y hermanas con el amor de Dios. En palabras de Spurgeon: «Cristo te amó a ti antes que tú lo amaras a él. Él te amó cuando no había nada bueno en ti. Te amó, aunque tú lo insultaste, lo despreciaste y te rebelaste contra él. Él te ha amado desde el principio y nunca ha dejado de amarte. Te ha amado en tus caídas y su amor te sacó de ellas. Te ha amado en tus pecados, en tu perversidad y en tu necedad. Su corazón amoroso ha sido el mismo desde siempre, y él derramó Su sangre para demostrar su amor por ti… ¡Pues bien, cristiano!, tu religión reclama de ti que tú ames como tu Señor amó…»[4]

 


[1] J.C. Ryle, Expository Thoughts on The Gospels for Family and Private Use with The Text Complete: St. John Vol 3 (Londres: William Hun and Company, 1873), 53.

[2] 1 de Corintios 13:1-7 forma parte de la unidad literaria que comienza en el capítulo 12 y se extiende hasta el 14. La temática que domina esta sección no es el amor matrimonial, sino el uso ordenado de los dones en la iglesia para la edificación del cuerpo. El amor que Pablo describe en 1 Corintios 13 constituye la motivación que gobierna el ejercicio de estos dones.

[3] John Chrysostom, «The Homilies on the Statues», en Saint Chrysostom: On the Priesthood, Ascetic Treatises, Select Homilies and Letters, Homilies on the Statues, ed. Philip Schaff, trad. W. R. W. Stephens, A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, First Series (Nueva York: Christian Literature Company, 1889), 460.

[4] Charles Spurgeon, «Love Thy Neighbor» en Sermons of The Rev. C.H. Spurgeon of London, serie cuarta (Nueva York: Sheldon, Blakeman & Company, 1858), 443,

Rubén Videira

Autor Rubén Videira

Decano académico de Seminario Berea. Profesor de exégesis. Master en Divinidad y Teología.

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