Muy cerca de mi casa, en lo alto de una colina, se encuentra una estatua un tanto peculiar. No fue colocada allí en honor de ningún rey, ni un conquistador. Tampoco ha sido erigida en honor a un santo (¡aunque la estatua está justo delante de un imponente edifico católico!).

No. La estatua está en este lugar para honrar al panadero del pueblo.

La panadería lleva en funcionamiento ¡desde el año 1820 nada menos! Cuando entré por primera vez, Marcelino (que así se llama el popular panadero), me atendió. Al alabarle por conservarse tan bien para tener doscientos años, soltó una carcajada. Este buen hombre ha continuado otra generación más con la tradición familiar y llevaba ya mucho tiempo antes que yo naciese haciendo un sencillo, pero increíblemente delicioso, pan gallego.

Ahora bien.

Aunque ese tradicional pan es de primera categoría, surge un problema. El problema es que la panadería lleva en funcionamiento 200 años. Lo que implica que sus fieles clientes… siguen volviendo.

“Y, ¿cuál es el problema?” Te preguntarás.

Ninguno desde el punto de vista humano. ¡Todo lo contrario!

Pero. Fijémonos. Los clientes han comprado fielmente durante generaciones porque… el pan no sacia su hambre.

Necesitan más pan.

Extrapolemos esta ilustración al terreno espiritual.

Nacemos con un pozo sin fondo. Todos somos “Salomones”. Todos buscamos el placer contante, la satisfacción final, el contentamiento pleno. Todos amamos la abundancia, pero nada nos sacia (Ecl. 5:10). ¿Por qué? Porque haber sido creados a imagen de Dios, implica también que la única manera de encontrar la saciedad espiritual, que la única forma de dejar definitivamente de buscar el pan del alma en el lugar erróneo se encuentra en… Jesucristo.

En Juan 6:35 Jesús dice:

«Yo soy el pan de la vida;

el que viene a mí no tendrá hambre,

y el que cree en mí nunca tendrá sed».

Jesús acaba de multiplicar milagrosamente los panes y los peces para dar de comer a la multitud que le seguía. Mas, no sólo le seguían, la gente estaba entusiasmada con Él. Le llamaban Profeta, ¡incluso quieren hacerle Rey! (Juan 6:14-15).

El problema es que la multitud buscaba un panadero que les saciase físicamente, y Jesús se lo dijo:

«me buscáis, no porque hayáis visto señales,

sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado» (6:26).

Ellos buscaban lo que querían buscar: saciedad física en forma de comida, pero también a un líder que tomase las riendas de la nación.

Que derrotara a los romanos.

Que finalmente les convirtiese en superpotencia mundial.

Y los hiciera felices.

Ellos buscaban en la persona correcta, pero con la motivación incorrecta.

Por cierto, esto ocurre muy a menudo en nosotros y en nuestras iglesias, ¿verdad?

Venimos a Jesús (la persona correcta), a la iglesia (el lugar correcto), pero esperamos de Él lo incorrecto.

Esperamos que Él sacie nuestras metas y motivaciones erróneas. Podemos decir que esperamos que Él cocine pan, pero… “¡Señor… ¡asegúrate de que cocinas MI receta!”

Jesús no viene de la más prestigiosa escuela de panaderos de Israel. Mucho mejor que eso. Jesús tiene el «sello» de Dios (6:27). Esto significa que Jesús viene de Dios, fue enviado por Dios, y que Él ES Dios… y esto implica que Él sabe lo que realmente necesitamos.

Por tanto, cuando Jesús dice que Él mismo ES el pan de vida, está diciendo lo siguiente:

«Yo soy el Panadero Divino que os sacia porque

Yo Soy la comida espiritual que necesitáis».

Jesús ofrece un pan que es vida y da vida. Este pan no lleva harina ni levadura, porque Jesús sabe perfectamente que la mayor necesidad del ser humano no es satisfacer su hambre física, sino espiritual.

El pozo sin fondo que es el hombre intenta ser llenado con amor, dinero, posesiones, amistades, bienes, estudios, conocimiento, satisfacción…

¡Nada de esto malo per se!

El problema reside en que, junto con su invitación, Jesús entiende que el ser humano va a utilizar lo bueno, aunque añadiendo un veneno a la receta: el pecado.

Así, pecamos porque pensamos que nuestro pecado va a llenar ese vacío que sólo Cristo puede llenar.

Pecamos porque creemos que Cristo no es suficiente.

Pecamos porque erramos al pensar que nuestra hambre y nuestra sed no pueden ser satisfechas por el Panadero Divino.

Querido lector.

Si tú no eres cristiano y estás leyendo estas líneas, permíteme que te diga algo:

No importa cuánto busques.

No importan cuánto experimentes.

No importa cuánto sexo, cuánto dinero, cuántos títulos y posesiones.

No importa cuánto reconocimiento ni éxito adquieras.

Nunca estarás satisfecho. «Ese pan no saciará tu hambre».

Salomón, el hombre que tuvo todo, acabó viendo que todo era pura vanidad. Y llamó al hombre a temer a Dios (Ecl. 12:13).

Te ruego que pares ahora mismo, reflexiones, que temas a Dios, y que vengas a Cristo.

A Jesús no le levantaron una estatua… Él fue levantado y murió en una cruz.

Él no fue alabado, sino que fue abandonado.

Jesús sufrió la ira justa de Dios Padre, siendo sustituto del pecador, para que el pecador, tú y yo, encontremos perdón y verdadera saciedad del alma.

Cree en Jesucristo.

Querido lector cristiano.

Te ruego que abandones ese pecado que te tiene atado.

Oro que el conocimiento, la persona, la gloria, el pan y el agua que Cristo te ofreció se conviertan en tan preciosos en tu vida hoy que, con Su ayuda desde la Palabra, puedas abandonar todo venenoso sustituto.

Confía en lo que tu precioso Proveedor te ha ofrecido:

no tener hambre de otra cosa…

y nunca tener sed de nada más que Él, pues Él te dio la vida. LA vida de verdad.

Una vida espiritual que Él alimenta.

 

Marcelino realmente tiene una estatua digna de visitar.

Pero el problema de las estatuas es que una vez que las dejamos de ver, tendemos a olvidarnos de ellas.

Jesús se merece algo más que una estatua. De hecho, Jesús se merece mucho, mucho más que un puesto de pan donde los creyentes vamos un minuto cada día a comprar… y salimos… olvidándonos del panadero hasta la próxima vez.

Jesús se dio a sí mismo por los suyos. Él mismo ES el pan.

Sacia tu alma en Él a cada momento.